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No hay que confundir la democracia con la demagogia. Y tampoco con la oclocracia. Una cosa es «que gobiernen los que son elegidos por el pueblo mediante votación» y otra la «práctica política que puede manifestarse, por ejemplo en un discurso, que tiene como fin predominante agradar a las masas, generalmente con medios poco lícitos». Aunque son cuestiones diferentes, sucede, con harta frecuencia, que se juntan en un mismo personaje. Todos conocemos a numerosos políticos que son demócratas confesos y excelentes demagogos. La unión de democracia y demagogia no hace la fuerza cuando se utiliza a los electores fraudulentamente. Deben respetarse las reglas del juego y dejar que gobiernen quienes tienen la mayoría. La peor demagogia puede desencadenar la oclocracia, «gobierno por la muchedumbre o la plebe».
Los políticos deberían tener como lectura obligada el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua y el Diccionario de Uso del Español de María Moliner. Es mucho pedir, pero, al menos, debería hacerse un resumen de ambos con las palabras que más utilizan nuestros parlamentarios y gobernantes con el fin de que sepan el significado exacto, de manera que todos las usen con el mismo significado. No caerá esa breva. Hacen de su capa un sayo. Dicen hablar de lo mismo, pero no hay quien los entienda. De su discurso, unos deducen que España se va al garete o al carajo y otros que estamos rozando un Estado postmoderno de ensueño.
¿Y la gente? Vota cada cuatro años. Los ayuntamientos (como los Gobiernos central y autonómicos) son gobernados por mayoría absoluta de un partido o por la mayoría resultante de alianzas. Las mayorías están legitimadas para gobernar, pero surgen movilizaciones ciudadanas, como la del pueblo pontevedrés de Nigrán, y el alcalde, Alfredo Rodríguez, tiene que abandonar el ayuntamiento esquivando piedras y huevos. A esos vecinos (no se sabe cuántos) no les gustaba el plan de ordenación urbana que iban a aprobar alcalde y concejales.
En Alicante, Luis Díaz Alperi es más listo que Alfredo Rodríguez. El lema de Alperi es éste: «Se hará lo que quieran los vecinos». Así se hará con el solar de la Estación de Autobuses, en el Ensanche; así se hizo con los tanatorios abortados de la calle Lorenzo Carbonell; así se hará con el plan integral de la Zona Norte, aunque a veces le salgan respondones algunas asociaciones de vecinos porque los del PSOE se mueven mucho ante la inminencia de las elecciones.
Movilizar a las masas en las elecciones es democrático. Hacer demagogia con ellas para que no puedan gobernar las mayorías es nefasto y tiene cierto olor a oclocracia.