Benedicto XVI es el primer papa alemán en casi cinco siglos, pero sobre todo es el primero después de Auschwitz. «No podía no venir aquí, debía venir», confesó ayer en el mayor campo de exterminio nazi, que se encuentra en la actual Polonia, a 40 kilómetros de Cracovia. Con ese mismo argumento el Papa impuso personalmente la visita en el programa del viaje, porque en principio no estaba prevista. Después, se ha convertido en el momento culminante y fundamental de estos cuatro días que terminaron ayer. Era el que mayor expectación había despertado. Por el gesto, esa imagen de Ratzinger cruzando el umbral del campo, con la famosa frase en alemán que preside la puerta, Arbeit macht frei (El trabajo os hace libres), pero mucho más por lo que diría.