La Verdad Digital
Jueves, 25 de mayo de 2006
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OPINIÓN
DESDE LA MIRANDA
La oreja y lo que haga falta
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Quizás no sea cierto, pero cuentan que ocurrió hace más de medio siglo, cuando en un pequeño pueblo del interior -de los que solía decirse que no estaban en el mapa- el mocerío tuvo la ocurrencia de organizar una corrida de toros. De toro en realidad, puesto que andaban escasos de dinero. La ocurrencia gustó a los vecinos, que se pusieron manos a la obra a pesar de que ninguno de ellos tenía una idea muy clara de cómo había que hacerlo. Pero en fin, con la buena voluntad de todos y el asesoramiento de Rufino, que mucho tiempo atrás había visto un festejo taurino en la capital, todo salió más o menos bien. Con mención de honor para el montaje del ruedo, improvisado a base de cerrar con carros y tablones las cuatro calles que desembocaban en la única plaza del pueblo, cuyos edificios principales eran la iglesia y el ayuntamiento. Precisamente fue en el balcón principal de este último donde se habilitó la presidencia, a cuya cabeza estaba el alcalde, naturalmente. Éste -es importante señalar ambas circunstancias- era un hombre muy recto y no tenía la menor idea acerca de las reglas por las que se regía el espectáculo que tenía que dirigir.

Cuando por fin se celebró la corrida, el maletilla que hacía las veces de matador entusiasmó al público a quien, como suele decirse, levantó de sus asientos. Casi tanto como el morlaco lo alzó a él con los cuernos. En realidad, el maestro pasó más tiempo rodando por el suelo y volando por los aires que dando pases a la fiera. Pero en fin, en vista de que tuvo la suerte de tumbar al bicho con un estoconazo de efecto fulminante, del que él fue el primero en asombrarse, el respetable, dirigiéndose al balcón presidencial, pidió la oreja con entusiasmo. El presidente del festejo se extrañó mucho de que la gente le gritase aquello de «¿que le dé la oreja!», pues no tenía idea de lo que pretendían. Siguió pues dándole vueltas, al tiempo que en su rostro se reflejaban sucesivamente sentimientos de ignorancia, reflexión, sospecha, perplejidad y asombro, al creer haberse percatado de la situación. Bueno, más que asombro, su cara mostró finalmente un terror absoluto, al tiempo que palidecía como un cadáver. Y en vista de que sus paisanos continuaban atronando el aire exigiendo la oreja para el matador, adoptó un gesto de responsable y heroica determinación, metió la mano en el bolsillo de la americana, sacó una navaja cabritera, la abrió despaciosamente y, al tiempo que se seccionaba uno de sus pabellones auriculares, exclamó: «Bueno, yo le doy la oreja. Pero os aseguro que en este pueblo no se hacen más corridas de toros».

Adonde quiero ir a parar es a señalar el desenfado, la irresponsabilidad con que derrochan nuestro dinero los políticos encargados de administrarlo. Y me malicio que otro gallo cantaría si los caudales salieran de sus bolsillos. Si tuvieran que cortarse la oreja, o sea. Mas como no es así, todos, sin distinción de partidos, hacen gala de una capacidad de despilfarro en la que -con los inevitables matices que se dan en cualquier circunstancia de la vida- apenas si pueden hacerse distinciones de pelaje. Es algo en lo que se asemejan casi tanto como en lo poco que discuten a la hora de fijar o modificar -no hay que aclarar que al alza- sus misérrimos sueldos, dietas y prebendas. A partir de ahí, el que más pueda para él.

Podría ponerse como ejemplo de derroche el gasto en publicidad institucional del Gobierno de Andalucía, que supera al destinado a pensiones, aunque no hace falta viajar a la flamante realidad nacional en ciernes para ver lo que es despilfarrar el dinero. Basta con imaginarnos lo que nos cuesta a todos los valencianos esa publicidad destinada a explicarnos la cantidad de agua que el Ebro vierte en el mar, de la que una pequeña parte sería suficiente para solucionar nuestros problemas hídricos. Digo yo que en lugar de gastar alegremente nuestros euros en recordarnos una sinvergüencería evidente, lo efectivo sería arremangarse y fajarse con los presuntos tunantes, afrontando el riesgo de perder las orejas en la batalla. Pero claro, eso son palabras mayores. De modo que, mientras el personal vaya tragando, la oreja, el rabo... ¿y hasta el toro entero! Total, si la vida son dos días mal contados.



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.

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