El Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad de la UE, el español Javier Solana, ha dicho, y con toda la razón, que comparar Montenegro con Cataluña o con Euskadi raya en el delirium tremens. Así es, en efecto, y así lo entendemos quienes no estamos fanatizados por predisposiciones nacionalistas, pero, como era previsible, no han faltado los nacionalistas vascos y catalanes que se han apresurado a reclamar un proceso de autodeterminación semejante para sus respectivas nacionalidades. Y eso debió haberlo previsto la Unión Europea, que ni debió haber avalado en su momento una Constitución yugoslava como la del 2002, que incluía la posibilidad de secesión de Montenegro transcurridos dos años, ni por lo tanto el referéndum que ha consolidado la ruptura y que, como es evidente, constituye un pésimo precedente que anima y estimula populismos y demagogias en muchas otras partes. En definitiva, antes que orientar los análisis, lo que Solana debió haber hecho en su momento fue evitar este referéndum, muy incómodo para todos los Estados de la UE que, como España, tienen planteado un problema territorial.