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En más de una ocasión he manifestado mi gusto por los espectáculos circenses, aunque no sea un consumidor de cualquier tipo de circo, pues soy bastante selectivo a pesar de mi afición. Por ejemplo, no suelen hacerme excesiva gracia los números en los que interviene algún tipo de bicho, pudiendo llegar a crisparme los nervios aquéllos en los que los forzados protagonistas son, por este orden, perros, caballos o elefantes. Quizás este dato les induzca a pensar que me gusta el Circo del Sol, y lo bien cierto es que no. Contando con su discreción, les confieso que me aburrí como una oveja cuando presencié el espectáculo en una de mis estancias en Las Vegas. Con toda franqueza, más que circo aquello me pareció uno de esos alardes con que se castiga al público en cuanto que se inaugura una olimpiada o evento similar. Ya saben, esos bodrios con ínfulas de artísticos, en los que uno acaba hasta el flequillo de ver a tanto personal vestido de colorines volando por los aires.
A mí me gusta el circo clásico; casi a pelo como quien dice. Ese mundo asombroso de saltimbanquis y equilibristas, malabaristas y funámbulos, payasos y trapecistas; ilusionistas, forzudos, contorsionistas y cosas así. Esos clásicos circos de pueblo, que han ido desapareciendo paulatinamente con la mejora de las vías de comunicación. En ellos podían adivinarse en los rostros y cuerpos de los artistas, ya no tan jóvenes la mayoría de ellos, cientos de historias de ilusiones pasadas, sueños cumplidos o por realizar. Caras en las que la regla de oro del circo -sonreír ante el público, ríe payaso- se había convertido en una mueca esculpida por el paso de los años. Trajes ajados, con remiendos más o menos disimulados, medias con costurones, lentejuelas cuyo brillo había sido casi devorado por la acción de los focos. Artistas y vestimentas que indudablemente habían conocido tiempos de gloria ante públicos más cultivados. Era en esos circos, parte de tantas cosas que han sido engullidas por el tiempo, donde los amantes del espectáculo veíamos cosas que conseguían sorprendernos y grabarse en nuestro recuerdo. Como aquel número del barrilito, que contemplé hace muchos años en Monóvar.
Había finalizado su actuación un trío de los que en el lenguaje circense se conocen como antipodistas; ya saben, esos artistas que, tumbados boca arriba en una especie de camas especiales, se dedican a hacer filigranas con los pies a base de lanzar al aire y voltear los objetos más inusitados que les van entregando los ayudantes. Ayudantes que, lo tengo constatado, parecen producto de una clonación en serie para abastecer a todos los circos, y a quienes el uniforme nunca les sienta bien; por no decir que como un tiro. Tras retirarse los artistas, los auxiliares salieron a guardar los materiales, al tiempo que los trapecistas procedían personalmente -que para esto no se fían ni de su progenitor, sea A o B- al montaje de la red. Entre los objetos que había que retirar figuraban las partes de un pequeño barril que se había estrellado contra el suelo, esparciéndose las duelas por doquier.
De recoger las maderas se encargó uno de los ayudantes, precisamente un personaje de rostro muy singular a quien el uniforme no sentaba como un tiro sino como una ráfaga de ametralladora. Y encima, aquel individuo era muy torpe; cuando ya tenía agarradas bajo un brazo casi todas las duelas y se agachaba para recoger las dos o tres restantes, le caían al suelo otras tantas entre las carcajadas crecientes del auditorio. Finalmente, el hombre pareció hartarse, arrojó todas las maderas a la pista y la abandonó con cara de gran enfado. Total que, mientras la gente se secaba las lágrimas, ya estaban haciendo su aparición los trapecistas, cuya red se había montado sin que el público se apercibiera de ello.
Exactamente igual a los inalienables derechos de los monos, último de los barrilitos que el Gobierno ha hecho astillas sobre la pista del circo nacional, para tener entretenido al personal mientras se consuma la desmembración de España y su entrega a los terroristas. Y sigue aumentando el número de nuevos riquísimos, claro.