Impuso una corrida armada hasta los dientes del Conde de la Maza. No saldrá otra tan astifina en las Ventas este año. Pitones como leznas. Cortaban la respiración. Segundo y sexto, abiertos de cuerna, parecían afilados desde la cepa. El tercero y sobre todo el quinto fueron particularmente ofensivos: descarado el uno, descaradísimo el otro. No cornalones. Alguna armonía tuvieron esas dos testas pavorosas.
Detrás de tanta artillería se escondía un nada sencillo son. Tres toros de difícil genio, que fueron los dos de Fernando Cruz y el primero que mató Eugenio de Mora. Los dos de Cruz, los de más aparato de tan aparatosa corrida, reunidos en el mismo lote. Lo cual encareció los riesgos, los méritos y la genuina hazaña de disponer de ellos con muy sincera entrega. Dos valerosas faenas de torero nuevo, que es el caso de Fernando Cruz, pero muy estimables por unas cuantas razones. Por no echarse el torero para atrás ni una vez ni un solo momento. Por atreverse no a tumba abierta sino con cabal valor con los dos toros. Por ofrecerse y darlo todo secamente. Y, en fin, no sólo las razones del valor, que en el toreo suelen bastar.
Valor de las razones
También el valor de las razones: pegarle en el recibo al tercer toro tres verónicas embraguetadas y de excelente vuelo que Fernando abrochó con tres medias de remate en el platillo; aguantarle a ese mismo toro, después, su violencia, sus pruebas, su punteo, sus rebañones, su parecía a veces que sí pero luego no. Etcétera. Y ponerle la muleta por delante para enganchar del hocico al temible quinto, que tanto protestó. O irse detrás de la espada para salir como fuera de un embroque arriesgadísimo.
Era la confirmación de alternativa de Luis Miguel Vázquez, un matador de Daimiel al que los hermanos Lozano pusieron en circulación en sus años de empresarios de Madrid. Ninguna suerte en la confirmación. Misión imposible.
Eugenio de Mora hizo valer su oficio pero sin causa. Incierto, el segundo de corrida fue toro ingrato y agrio, de salidas distraídas, con el freno revuelto y puesto. El viento descubrió a Eugenio demasiado. El cuarto, basto toro de 600 kilos, descolgado enseguida y con carnes colgadas fue el manso bueno de toda esta intriga. El único que asomó en son de paz. No duró mucho. Le pegó algún muletazo bueno Eugenio. Bueno de verdad. Pero lo tocó por fuera más de la cuenta. O porque no cabía entero el toro, que, como buen manso, se fue abajo antes de tiempo.