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Cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II y aún esta vigente el Decreto sobre Medios de Comunicación Social, Inter mirifica, que nos hablaba de forma especial del poder de los medios para ejercer una influencia en toda la sociedad humana. Los medios de comunicación son una red que facilita la comunicación, la comunión y la cooperación. Los primeros cristianos se movían con audacia en los puntos neurálgicos de la cultura, del comercio y de tantas otras actividades donde las relaciones humanas son vehículo de transmisión de noticias e ideas. Tenemos el ejemplo de San Pablo, que echa mano del saber filosófico acumulado durante siglos, e incluso cita la poesía griega durante un discurso en el areópago de Atenas, ante lo más granado de la intelectualidad de su siglo. Hoy en día existen también areópagos como en el tiempo de San Pablo; así llamaba con mucha frecuencia Juan Pablo II a los grandes centros de ciencia, de arte, de cultura y comunicación contemporáneos; a los ámbitos donde se promueven los derechos humanos, se construye la paz y el desarrollo de los pueblos y se salvaguarda la naturaleza creada. En muchos de esos areópagos no brilla la luz del cristianismo, de la verdad, y en consecuencia reina una gran confusión, porque en medio de la oscuridad es difícil caminar sin tropezar o desorientarse, cuesta discernir lo verdadero de lo falso, lo que representa un bien de lo que constituye una amenaza. Y lo importante de los cristianos, y es su misión, es iluminar y sazonar.
Común denominador de esos areópagos modernos es su estrecha relación con la opinión pública. Como decía San José María, somos testigos directos de pocos hechos y sólo una pequeña parte de nuestros conocimientos o criterios los debemos a experiencias o investigaciones personales, por eso no se concibe una auténtica vida social sin posibilidad de informarse y de expresar las propias ideas con libertad. La opinión pública no se crea de manera automática y anónima; existen siempre factores humanos, personas, personas que lo conforman, conscientes o no, gracias a que poseen mayor capacidad de informar y de interpretar lo que sucede de acuerdo con las exigencias técnicas de la comunicación. Ciertamente, señalaba Juan Pablo II, nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo, fascinante.
Iluminar las conciencias de los individuos y ayudar a formar sus pensamientos nunca es una tarea neutral. La comunicación auténtica demanda valor y decisión radicales. Requiere la determinación de aquellos que trabajan en los medios para no debilitarse bajo el peso de tanta información ni para conformarse con verdades parciales o provisionales. Por el contrario, requiere tanto la búsqueda como la transmisión de lo que es el sentido y el fundamento último de la existencia humana, personal y social (fides et ratio). Así, los medios pueden contribuir constructivamente a la propagación de todo lo que es bueno y verdadero.
Los medios facilitan una gran mesa redonda para el diálogo, pero algunas tendencias dentro de ellos engendran una forma de monocultura que oscurece el genio creador, reduce la sutileza del pensamiento complejo y desestima la especialidad de prácticas culturales y la particularidad de la creencia religiosa, como indica Benedicto XVI en las Jornada de las Comunicaciones Sociales. Estas son distorsiones que ocurren cuando la industria de los medios se reduce al servicio de sí misma o funciona solamente guiada por el lucro, perdiendo el sentido de responsabilidad hacia el bien común. Para motivar tanto una presencia constructiva como una percepción positiva de los medios en la sociedad, es necesario recordar los tres pasos, que fueron señalados ya por Juan Pablo II, necesarios para el servicio que deben prestar al bien común: formación, participación y diálogo. La participación en los medios surge de su naturaleza: son un bien destinado a toda persona; como servicio público, la comunicación social requiere de un espíritu de cooperación y corresponsabilidad con escrupulosa atención en el uso de los recursos públicos y en el desempeño de los cargos públicos. La formación en el uso responsable y crítico de los medios ayuda a las personas a utilizarlos de manera inteligente y apropiada; por ello, los medios deben sobreponerse a toda tentación de manipular, especialmente a los jóvenes, y por el contrario deben impulsarse en el deseo de formar y servir. El diálogo es el intercambio de conocimientos, la expresión de solidaridad y los vínculos de paz.
La información y la libre circulación de las ideas favorecen el conocimiento y el respeto del prójimo, y los medios de comunicación son esenciales para la libre participación de la opinión pública. La información no es una simple mercancía, es un derecho de la libertad de los ciudadanos. Como señala la Inter mirifica, el recto ejercicio de este derecho exige que, en cuanto a su contenido, la comunicación sea siempre verdadera e íntegra, salvadas la justicia y la caridad; además, en cuando al modo, ha de ser honesta y conveniente, es decir, debe respetar escrupulosamente las leyes morales, los derechos legítimos y la dignidad del hombre, tanto en la búsqueda de la noticia como en su divulgación.