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El secretario de Estado de Hacienda y Presupuestos, Carlos Ocaña, acaba de adelantar que durante el trimestre de enero a marzo, de este año, las cuentas del Estado ha generado un superávit de casi medio punto porcentual del PIB (unos 4,5 mil millones de euros), lo que representa cerca de la mitad más que en el mismo periodo del año pasado. Parece ser que la clave de estos resultados está en la mejora de ingresos por impuestos, en los menores pagos de ejercicios cerrados y en la disminución también de pagos por los intereses de la deuda.
Con una economía creciendo por encima del 3% anual, es lógico que las arcas públicas se llenen. Pero también lo es que los ciudadanos se hagan preguntas sobre las cuentas del Estado. Si realmente el Gobierno está siguiendo una estrategia de acumulación de superávit en la fase alcista del ciclo para generar después déficit en la de bajada, muchos se cuestionarán por qué este superávit es tan pequeño ahora que la economía crece de manera vigorosa. Si no se tiene en cuenta el ciclo, las preguntas irán directamente a los impuestos y al por qué éstos no bajan radicalmente. En cualquiera de los dos casos las incógnitas remiten al capítulo de los gastos, a su enorme cuantía, y a los compromisos político-regionales que ha adquirido el Gobierno y que están inflando los pagos públicos. Como recordaba hace pocos días la Organización Mundial del Comercio -en clara referencia a España-, la presión que el gasto público ejerce sobre la demanda agregada es una de las razones más importantes para la subida de precios; y ésta a su vez es una de las causas más poderosas para el déficit comercial que acumula la economía española. Es por ello que en los dos primeros meses de este año la diferencia entre exportaciones e importaciones creció un 26% con respecto al mismo período del año pasado. Esto tiene que ser, por supuesto, matizado por muchos factores atenuantes. El rápido crecimiento de nuestra economía requiere una serie de materias primas, bienes de capital y la energía, que es inevitable importar. También es cierto que la pertenencia a un área monetaria dentro de la cual se hacen la mayor parte de las importaciones, no tiene las mismas consecuencias que si España estuviese fuera de la Zona Euro. Pero esta última razón quiere decir también que la competitividad de nuestros exportadores tiene que mantenerse vía precios, y éstos no hacen más que subir en España a un ritmo mucho más fuerte que el de nuestros vecinos comunitarios. Mientras el déficit comercial afecte tan solo a los que negocian dentro del euro, se tratará de un problema microeconómico que han de resolver las empresas que se ven afectadas. Pero cuando el número de sectores expuestos a la competencia internacional van perdiendo ventas uno tras otro, llegará el momento en el que los problemas sectoriales se conviertan en nacionales.