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Miércoles, 26 de abril de 2006
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Nación, nacionalidades, república...
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Aquí y ahora me gustaría saber qué es lo que pretenden hacer de España. Yo tenía claro lo que éramos, lo que era yo personalmente: un gallego encantado en Madrid, en Roma, en Barcelona, en Londres, en Nueva York... y encantado en vivir en esta bendita tierra alicantina. Pero, ¿a qué están jugando los políticos y los partidos políticos? A la pérdida de España, a intentar que España caiga. ¿O a qué demonios juegan, bueno siempre que sepan jugar? Ya decía Ortega y Gasset que la política es tanto obra de pensamiento como obra de voluntad, y que la actuación política debe tener dos dimensiones: la de hacer eficaz la máquina del Estado y la de suscitar, estructurar y aumentar la vida nacional en lo que es independiente del Estado; porque política es, hasta ahora, sólo gobierno y táctica para la captación de gobierno. Ya decía Albiñana que cuando en las alturas (del gobierno republicano) se condensa el estiércol, sólo puede llover bosta.

En segundo de carrera, muchos años lo contemplan, en Civil se no dijo que la ignorancia de las leyes no eximen de su cumplimiento (no cumplo y miento). Aquello me impresionó, pero hoy sigo lo mismo, dado que el artículo segundo de nuestra Constitución (¿sigue siendo nuestra?) nos dice que se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones entre todas ellas. Y el artículo tercero dice que el castellano es la lengua española oficial del Estado. Veamos el Estatuto catalán. Preámbulo: «El Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y voluntad de los ciudadanos de Cataluña, ha definido, de forma ampliamente mayoritaria, a Cataluña como nación». Artículo tercero: las relaciones de la Generalidad con el Estado se fundamentan en el principio de lealtad institucional mutua y se rigen por el principio general según el cual la Generalidad es Estado, por el principio de autonomía, por la bilateralidad y también por la multilateralidad. Artículo sexto: la lengua propia es el catalán. Menos mal que Joaquín Setantí, en su obra de Las Centellas, sentencia: «Los privilegios y las libertades de los reinos que son causa de engendrarse vicios en ellos no son libertades, sino cautiverios; y al quererlos sustentar, dañosísima y bárbara necedad».

En su libro de La España Real, Julián Marías indica que se está intentando introducir en la mente de los españoles, por interesados motivos de táctica política, la idea de que España es una realidad muy reciente y bastante artificial, mero conjunto político de países, pueblos o nacionalidades (maestro, ahora ya nación). Creo, dice Julián Marías, que hablar de «un Estado compuesto de varias naciones» no tiene mucho sentido, porque, si acaso, sucede lo contrario: una nación integrada por varios estados. Los reyes eran reyes de España, es decir, reyes españoles (será por eso que nos van soltando lo de la república, y nos vamos al 31, que tenía un 34 y luego un 36), reges hispaniae o reyes hispanici. La España perdida o destruida por los árabes se convierte en empresa, en lugar de estar en el pasado, se pone delante, en el futuro, España se descubre a sí misma como perdida y, por tanto, como buscadase constituye en su busca. Aristóteles llamaba a la metafísica zetouméne epistéme, la ciencia buscada. España es la España buscada en la Edad Media. El nacimiento de España es más bien una resurrección. No se puede contar la historia de ningún pueblo hispánico aislado, porque nunca lo estuvieron.

Podría pensarse, señala Marías, que España nazca de la pérdida de España, que se constituya como aquello que hay que buscar porque se ha perdido, porque brilla por su ausencia, porque duele. La España perdida ha irradiado durante siete siglos largos, refulgente, ante todos los que iban a ser españoles. Sólo cuando la han conseguido, cuando entre todos la han hecho, cuando la poseen, pueden caer en la tentación de olvidarla o volverle la espalda. Quizá para tener que rehacerla otro día, penosamente si es posible.

El 15 de diciembre de 1930 se declaró el régimen republicano. Pero entonces, como tantas veces en España, Madariaga dixit, se iba a declarar el régimen republicano en toda España (el que le gusta a ZP, parece que no le gusta el consenso de la transición, que tantas cosas buenas nos había traído); pero entonces, como tantas veces en España, la extrema izquierda traicionó a la izquierda. Esta es ley general de la política española. La historia de la república es en esencia la de la lucha interna del centro para existir y de los extremos para impedir cobrar masa y momento. Por desgracia ganaron los extremos y España se vio desgarrada por la guerra civil más desastrosa de su historia. La constitución nació el 9 de diciembre de 1931 y murió el 18 de julio de 1936. Como Madariaga expone en su libro España, con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936.

Decía Fithte que el secreto de la política de Napoleón, y en general de toda política, consiste en declarar lo que es, donde por lo que es entendía aquella realidad de subsuelo que viene a constituir en cada época, en cada instante, la opinión verdadera e íntima de una parte de la sociedad. Platón quería que gobernasen los filósofos; no pidamos tanto, dice Ortega, reduzcamos al mínimo nuestro deseo, pidamos que no nos gobiernen analfabetos. ¿Y aún peor, señores, que los analfabetos intelectuales son los que a la vez practican el analfabetismo moral!



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