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En octubre no fue posible pero ahora Maragall ha conseguido imponer su autoridad y llevar a cabo una crisis de su gobierno de la Generalitat, que, por supuesto, incluye a Carretero, el hombre de Puigcercós, el consejero díscolo de Esquerra que tuvo la osadía de llamar «españolista dogmático» a Rodríguez Zapatero. La iniciativa de Maragall no sólo revela fortaleza: también debilidad, puesto que han quedado de manifiesto los muchos y graves obstáculos -también en su propio partido- para sacarla adelante. Y en todo caso ha de entenderse como un intento de aplazar las pretensiones de Mas, quien, después de pactar con Zapatero, tiene prisa por llegar cuanto antes al sillón de la presidencia del Gobierno de Cataluña. De hecho, Maragall, al cambiar el gobierno antes del referéndum de junio, ha querido decir que piensa mantener el tripartito sea cual sea la postura que finalmente adopte Esquerra.
La firmeza de Maragall juega a favor de la autonomía del PSC con respecto al PSOE, un valor que el socialismo catalán siempre ha apreciado, pero, según todos los indicios, tiene apenas un valor testamentario: Maragall está al final de su propia etapa política, y estos juegos de salón no hacen sino aplazar el desenlace.