La organización radical Yuhad Islámica, se atribuyó el atentado suicida de ayer en un restaurante de comida rápida del centro de Tel Aviv, que causó la muerte de al menos nueve personas, además del kamikaze, y heridas a 65 de las que nueve se encontraban anoche en estado grave.
Sami Salim Muhammad Hammed, un joven de 21 años oriundo de un pequeño pueblo situado cerca de yenín, al norte de la Cisjordania ocupada, llegó al establecimiento Rosh ha-Ir con una bolsa. Cuando el guardia de seguridad le pidió que la abriera para inspeccionarla, Hammed detonó la bomba.
La explosión, instantes después de la una y media de la tarde, fue muy potente y destruyó gran parte del restaurante, arrancó el cartel donde figuraba el nombre del establecimiento y arrojó todo lo que halló a su paso hasta una distancia de 50 metros.
Se da la circunstancia de que el mismo local, situado en el área comercial de la antigua estación central de autobuses, fue objeto de un ataque similar el pasado 19 de enero, también reivindicado por Yihad Islámica, con el resultado de una treintena de heridos.
El de ayer es el noveno ataque suicida dentro de Israel desde que a principios de 2005 el anterior primer ministro, Ariel Sharon, y Mahmud Abbas (Abú Mazen), firmaron un acuerdo en Sharm al-Sheij que contemplaba un alto el fuego de la milicias. A diferencia de Hamás, Yihad Islámica no aceptó el alto el fuego en su momento y se ha atribuido ocho de las nueve acciones suicidas que han tenido lugar desde entonces.
El kamikaze había dejado de estudiar el curso de trabajos sociales que realizaba a distancia porque su familia no podía pagar la matrícula, y desapareció de su domicilio hace varios días, dijo su madre.
«Vi como un joven abría su bolsa y el guardia de seguridad la examinaba. En ese momento se produjo la explosión», explicó Musa al-Zidat, que se hallaba a pocos metros del suicida. Otro testigo, Israel Yaakov, contó cómo la deflagración mató a una mujer que se encontraba junto a su marido y sus hijos. «El padre, en estado de shock, se acercó corriendo para tranquilizar a los niños, que no dejaban de gritar 'mamá, mamá', pero ella ya no estaba allí. Estaba muerta. Fue una escena horrible».
Sonia Levy, otra mujer que se hallaba a unos 50 metros del lugar, explicó que acababa de hacer sus compras cuando escuchó la explosión. «Estaba a punto de meterme en el coche cuando oí el bombazo. Trozos de carne humana fueron a dar contra mi parabrisas. Recuerdo que entonces comencé a gritar».
La explosión destrozó los cristales de los vehículos que había en la zona y de las viviendas aledañas. Los heridos se hallaban tendidos en el suelo y fueron atendidos en un primer momento por la propia gente del barrio. Pronto lle
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