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Los dos primeros años del mandato de Rodríguez Zapatero, que se cumplieron ayer, han enmarcado el desarrollo y la consolidación de un nuevo liderazgo que sólo a última hora ha adquirido sus auténticos asideros que ya permiten apreciar una foto fija verdaderamente descriptible.
De hecho, la ejecutoria del nuevo líder, un perfecto desconocido hasta el 2000, cuando alcanzó la secretaría general del PSOE, ha estado cargada de grandes y graves incertidumbres al menos hasta el pasado 21 de enero, fecha en que se produjo la jugada maestra del pacto con Artur Mas sobre el Estatuto de Cataluña. Si hasta aquel momento, los análisis y las encuestas coincidían en detectar la posición balbuciente de la fuerza gubernamental y de su líder, lo sucedido en estos últimos tres meses ha provocado una verdadera conmoción en la opinión pública (y también en las encuestas): la operación estatutaria de Cataluña, que pasó por momentos delirantes y de grave riesgo para la estabilidad del sistema, ha sido reconducida hasta su plena desactivación, y aunque el nuevo Estatuto presente numerosos flancos objetables, se ha regresado al interior del castillo constitucional y se ha evitado por tanto que las exorbitantes exigencias del nacionalismo catalán, muy presionado desde Madrid y en trance de tener que relevar a una figura como Pujol, llegaran a plantear una grave cuestión de Estado. Y a poco de resolverse favorablemente, al menos en lo esencial, este asunto candente, llegaba a escena la especie gozosa de que también está maduro y en sazón el «problema vasco»: podríamos estar efectivamente al principio del fin de la violencia, lo que sin duda constituirá, si se confirma, la mejor noticia política de la democracia.
Esta consolidación súbita del liderazgo de Zapatero ha obligado a revisar los juicios que suscita el personaje, sobre todo los emitidos por sus adversarios. El ingenuo y bobalicón buenismo que se le imputaba, y que llevó a FAES -el think tank del PP- a efectuar disparatadas teorizaciones descalificantes, parte de hipótesis que ya no se tienen en pie. Zapatero sabe lo que quiere, es más rocoso y sólido de lo que se pensaba, tiene un apreciable sentido espacial de la estrategia y está en condiciones de anotarse unos logros objetivos, tanto en el terreno de la reforma social cuanto en el de la reforma institucional y el encaramiento de la fractura vasca.
En definitiva, Zapatero tiene entidad, y ello constituye un dato relevante tanto para quienes le combaten porque no participan de sus creencias y convicciones o porque le disputan legítimamente el liderazgo, cuanto para sus conmilitones y seguidores, que pueden constatar cómo se ha consumado exitosamente la renovación generacional que había de producirse tras la retirada de Felipe González. Lógicamente, este hallazgo constituye una pésima noticia para el Partido Popular, en cuyos planes, que incluían la prematura retirada de Aznar, no figuraba una tan rápida recuperación del pulso por parte del PSOE, que anduvo desnortado y sin tino desde que perdiera el poder y el líder al mismo tiempo en 1996.
Durante estos dos años transcurridos de la legislatura, el PP ha tenido razones para alentar aún la esperanza de que su infortunio, debido en gran medida a los imprevisibles y terribles sucesos del 11-M, sería efímero, toda vez que el PSOE, aunque beneficiario indirecto de aquella coyuntura, naufragaría irremisiblemente, por impericia y por insolvencia de su líder. Esta expectativa ha podido explicar la estrategia popular, muy agresiva y destructiva, encaminada a acelerar la ruina del supuestamente frágil adversario. De hecho, en vísperas del 21 de enero aquella táctica parecía exitosa: las encuestas, aunque no certificaban el ascenso de Rajoy, constataban el grave desgaste de Zapatero. Si el Estatuto catalán embarrancaba o había de aprobarse en sus términos más radicales, la legislatura acabaría degradándose hasta colocar a la primera fuerza opositora en posición muy ventajosa para pretender el relevo.
Los hechos marcan sin embargo otras claves que a la vista están. Los socialistas han dado otra vuelta de tuerca a la modernización ética del país y están embarcados en sutiles reformas sociales que resultarán exitosas si no redundan en un agigantamiento improcedente de lo público. La economía sigue al alza, aunque con graves sombras que se ciernen sobre el inmediato futuro y que deberían ser objeto de mayor atención. Y la «cuestión territorial», desactivada y, en Euskadi, cargada de esperanza, admite una gestión tranquila que, antes o después, deberá regresar al territorio de los grandes consensos. En definitiva, la política, en la acepción más solvente de la palabra, se ha estabilizado, y ello debería dar pie a una dialéctica de mayor altura entre los dos grandes partidos, que ya no pueden jugar a dirimir puerilmente un minuto más las consecuencias, del 11-M.