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Los malos augurios del director general de Tráfico sobre un alto número de víctimas mortales en las carreteras durante la Semana Santa se han cumplido. ¿Se podía esperar que los hechos sucedieran de manera diferente? Difícilmente, a la vista de la alta curva de siniestralidad que registran nuestras carreteras desde hace años sin que ni campañas de televisión, ni ingeniosos mensajes, ni la amenaza de mano dura con los conductores logre que España pueda dejar de alinearse en el furgón de cola de la seguridad vial en la Unión Europea. Cada balance en torno a los desplazamientos masivos de vehículos en fechas vacacionales se relaciona con la previa campaña publicitaria de Tráfico, siempre preventiva. La que ha precedido a los diecisiete millones de traslados de esta Semana Santa ha llamado la atención por un contenido que, más allá de las imágenes impactantes de otras ocasiones, lanzaba un mensaje tremendista sobre el riesgo de muerte. La eficacia de ese tipo de campañas no se puede calibrar de forma inmediata pero a la vista de la tenacidad del goteo mortal no parece de mucho alcance. Es cierto que se han dedicado importantes recursos a la mejora de autovías, en firme y señalización, pero como saben perfectamente en la DGT si en las autovías y autopistas se producen anualmente 11.609 accidentes (930 muertos), en carreteras secundarias o convencionales se alcanza la cifra de 30.000 accidentes (2.796 fallecidos)
Ante esa realidad que apunta a problemas de trazado, mantenimiento y señalización en muchas carreteras provinciales y comarcales, todas ellas competencia de las comunidades autónomas, resulta sospechoso, el silencio, por no hablar de negligencia, de los gobiernos autonómicos y del Ministerio de Fomento que dejan el desagradecido protagonismo del tráfico rodado a la dirección general del Ministerio del Interior, mientras esos responsables de la construcción y mantenimiento de las vías se mantienen ajenos a lo que ocurra sobre las mismas. En la magnitud de la lucha contra la sangría del tráfico rodado nadie puede esconder sus responsabilidades porque o la solución se aborda en todos los planos o no dejaremos de ser los segundos de la UE por riesgo de accidente mortal, con una inseguridad que triplica la media de la Europa de los 15, según el Consejo Europeo de Seguridad del Transporte de 2003.