Me levanté Domingo de Ramos, como cada año, con la ilusión y el gozo que se respira en primavera. Me levanté, con la Semana Santa de Orihuela. Y salí a la calle, temprano, soleando mi frente de los muchos años que llevo en la espera, como cada año.
Las noches anteriores, las había llenado del Canto de la Pasión, una Pasión ausente de personajes, a veces, vacía por la incomprensión y la intransigencia de quienes no perdonan. Pero era mi Pasión, como cada año, como cada día, de roncas voces que se desgranan en las madrugadas de Oleza, del quejío que se escucha tras los balcones, mientras sube la fragancia del azahar del limonero.
¿Ay Orihuela de mi alma!... ¿de qué forma te vivo!... y cómo quisiera vivirte... como cada año... En el paseo, aventado sin descanso de niños con blancas palmas, vi de nuevo las ausencias de caras sin rostro con sus mejores galas, escuché el volteo de las campanas, y los rostros se tornaron huraños con el rictus más amargo de la venganza.
Como cada año, pero hoy más amarga, con el alma traspasada por esta Orihuela ingrata, por este pueblo que a los extraños ensalza y de sus hijos es madrastra.
Hoy, Orihuela, te he visto más clara que nunca. Hoy, Orihuela, sé que estás limpia. Que no eres tú la culpable de tanta ingrata maraña. Que sólo eres prisionera de quienes de ti se amamantan, de quienes desprecian tu imagen y todavía se ríen... se ríen a carcajadas...
Quiero llamar a los poetas y a quienes en lienzos te plasman. Quiero llamar a los enamorados, a los que tanto y tanto te cantan, a todos los oriolanos que sufren de tu ausencia en la distancia. Quiero llamar a los que te extrañan y que todos juntos a una te remocemos la cara, te devolvamos señorío, grandeza y el alma, esa alma que en las sombras, perdiste una madrugada.