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Algunos no estamos felices con el anuncio de tregua permanente por parte de ETA. Ya hemos oído las descalificaciones personales más terribles para los que no compartimos la euforia de los más entusiastas. Para los que no estamos felices ya hay una interpretación estándar: la tregua es un éxito de la política antiterrorista del gobierno o, más especialmente, de Zapatero, que frente a la incomprensión y el desprecio de muchos ciudadanos -incluidas las víctimas- habría puesto las bases para la futura paz en el País Vasco. Y, ante esta descripción de los hechos, parece que algunos preferimos los atentados de ETA a aceptar un éxito del Gobierno. No me voy a detener a refutar un argumento tan despreciable. Fundamentalmente porque las descalificaciones personales no son argumentos y no pueden contestarse racionalmente.
Es evidente que también los que estamos preocupados deseamos el fin de la violencia terrorista. Lo que no podemos aceptar es que en el País Vasco haya más problema que el de la violencia etarra y la existencia de políticos nacionalistas excluyentes que han expulsado a decenas de miles de personas de su tierra y han convertido en ciudadanos invisibles a muchos más.
Lo que está en juego no es fundamentalmente la unidad de España, que lo está. Lo que está en juego son los derechos de hombres y mujeres que han sido condenados al silencio, a llevar escolta y, en el peor de los casos, a la muerte, por defender su derecho a ser libres, por pensar que la historia y los presuntos derechos de identidades colectivas nunca pueden imponerse sobre los derechos de los individuos.
La tregua no ha sido una rendición, sino abrir las puertas a la negociación. Lo que nos indigna es que, cuando ETA estaba ya de rodillas, se la ha puesto de pie, se le ha dado la dignidad de interlocutor y se está dispuesto a llegar a acuerdos que, atendiendo al contenido de su comunicado, no se reducen en absoluto al tema de los presos y la entrega de las armas, de las cuales se han aprovisionado abundantemente en los últimos meses. ETA no ha renunciado a nada por lo que ha asesinado, torturado y extorsionado durante los últimos 40 años. No ha renunciado a nada por lo que ha estado agitando las ramas de las que el PNV recogía los frutos. Y la existencia del Estatuto catalán, con su reconocimiento de los derechos históricos, con la aceptación de Cataluña como nación, con la imposición de derechos colectivos sobre los individuales, no nos tranquiliza sobre lo que el Gobierno de Zapatero está dispuesto a conceder.
Llevamos más de 800 muertos para mantener la unidad y la igualdad de todos los españoles en todos sus territorios. Militares, guardias civiles, policías, concejales, pero también niños que jugaban en sus casas, hombres y mujeres que paseaban por las calles de su ciudad. Tanto dolor y tanta muerte pueden ser en vano. Probablemente sea verdad que nadie haya conseguido de ETA tanto como Zapatero, quizás sea porque nadie estaba dispuesto a ceder tanto.
Chamberlain fue Munich a intercambiar con Hitler dignidad por paz y, como señaló Churchill, se trajo la indignidad y la guerra. Sinceramente espero que, por el bien de todos, a Zapatero no le pase lo mismo.
Enrique Ujaldón es presidente de la Sociedad de Filosofía de la Región de Murcia.