Hacer castillos en la arena de modo figurado es algo que todo el mundo hace. Construir ilusiones con algo tan inconsistente como la misma materia de los sueños, o como la arena, es algo común a todos los humanos.
Y casi todo el mundo que en su infancia haya acudido a una playa ha construido, con mayor o menor pericia, castillos escenarios de imposibles batallas, o barcos que surcaran mares más lejanos que los que bañaban las costas de la playa donde se estaba.
Pero hacer de la arena, un material casi tan inconsistente como los propios sueños, un modo de vida ya no es tan frecuente.
Es lo que hace Honza Zelinka, un joven checo que lleva año y medio recorriendo las costas mediterráneas haciendo de la arena y su imaginación su modo de vida.
Y es que hacer esculturas en la arena puede ser una manera de ganarse la vida, al menos en los meses de verano, o en épocas de vacaciones, porque Honza dice que puede ganar «alrededor de los doscientos o doscientos cincuenta euros al mes o más incluso en verano». Dice que «depende de los días. Hay días en los que se saca poco, y otros en los que se pueden ganar más de ciento cincuenta euros».
Vino a España hace tres años y desde hace año y medio recorre las costas mediterráneas construyendo esculturas de arena y viviendo de esa actividad.
Sus pertenencias, una autocaravana y su perro Humo, un precioso golden retrevier de dos años, del que dice que es «mi mejor amigo».
Tiene problemas para compartir su jornada con Humo. «En verano no me dejan que lo tenga en la playa, lo tengo que atar, a la sombra en invierno es más fácil». Y es que no les gustan a Honza ni a Humo las cadenas. Ambos están acostumbrados a la libertad y a su mutua compañía.
Honza Zelinka comenzó a desarrollar su actividad artística en Torox, un pueblo «a cuarenta kilómetros de Málaga», explica en un correcto castellano que confirma la facilidad para aprender idiomas de los muchos europeos del Este que residen en España.
Desde entonces ha recorrido las costas mediterráneas exponiendo sus esculturas de arena en las playas de las ciudades turísticas. «A la gente le gusta más cuando hago cosas que puede reconocer, como esculturas famosas o personajes conocidos», explica. Como la Pietá de Miguel Ángel, la reproducción de una carátula de un disco de los Rolling Stones, o personajes de cuentos populares.
A veces se lleva disgustos. Como le sucedió hace unos días, cuando un grupo de niños destrozó su Pietá de arena. «Fue un grupo de niños; los más pequeños tenían alrededor de 5 años, y había otros de 10 o de 12».
Su escultura de arena era el fruto de tres días de trabajo. «A la tarde me fui a comer y, cuando regresé, la habían destrozado», lamenta.
Explica que «los padres estaban comiendo y bebiendo en uno de los bares que hay junto a la playa, y vinieron los niños y tiraron piedras y pisotearon la escultura hasta destrozarla».
Los progenitores de los niños le pidieron perdón, pero cuando les planteó que sólo pedir perdón no era suficiente, «me preguntaron si quería dinero, les dije que sí, y ellos dijeron ¿No! Y ¿qué iba a hacer? Tuve que aguantarme», comenta con resignación.
Cuando se le pregunta por qué creen que hicieron semejante gamberrada, sonríe y, con cierta timidez, como si temiera ofender al país que le da cobijo, al definir a quienes consintieron la tropelía de sus hijos, acaba por decir que «porque son maleducados».
Reconstrucción
«Estaba mal, pero ya se me va pasando», asegura, mirando aún los restos de lo que fue su obra con cierta pena. Aunque una pena limitada, porque dice «hay cosas peores». Cosas de su vida de las que dice que «no quiero hablar». Y cosas del mundo: «Las guerras o el hambre».
Y aunque asegura que la destrucción de sus obras, suceso que sufre con frecuencia, no le afecta, mientras habla con La Verdad no deja de mirar con tristeza la destrozada escultura de arena que, asegura, va «a empezar a reconstruir mañana».