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Las nuevas tecnologías van modificando la cultura familiar de las fotos. De aquellas colecciones de fotos antiguas, en colores sepias, que se habían hecho nuestros bisabuelos en los fotógrafos de moda, o en los ambulantes de los parques, aquellos profesionales que se escondían bajo los trapos de aquellas otras cámaras sostenidas por largas patas de madera, casi nadie se acuerda ya y apenas quedan ejemplares. Se guardaban entonces en cajas de lata pintadas o en cajas de cartón áspero, viejas cajas de zapatos, y solían servir para entretener las horas de cama en las anginas infantiles. Historias de tíos abuelos, de parientes lejanos en sus días de mili, o en sus viajes de novios, o sentados ante un mapamundi en aquellos pupitres de las antiguas escuelas graduadas, con un babi a rayas Fotos dedicadas con letras inglesas y firmas de floritura. Historias que se iban contando una y otra vez hasta que formaban parte de la propia existencia y que, en muchos casos, fueron el origen de la afición por las historias de los libros.
Se pasó después a los álbumes de hojas negras con aquel papel blanco de seda que impedía que las fotos se pegaran unas a otras. Las fotos eran entonces en blanco y negro, brillantes y algo pringosas, hechas ya en las primeras máquinas privadas, tesoros auténticos. Kodak fue toda una revolución social en las fotos de familia, un indicador del bienestar que iba llegando a las masas. Más tarde se generalizó el color, poniendo una alegría especial en los acontecimientos que se pretendían preservar del olvido: los nacimientos, los cumpleaños, las primeras comuniones, los viajes, las bodas, un día de verano Los álbumes fueron evolucionando con los plásticos, las hojas de autopegados, las bolsas de los negativos. Y se fueron acumulando en las estanterías recogiendo momentos irrepetibles. Me contaban unos amigos que padecieron un incendio en su casa que lo más terrible fue la pérdida de las fotografías La desaparición de ropas, muebles, cuadros, libros, joyas no se puede comparar, decían lamentándose, con el haberse quedado sin el apoyo de los recuerdos, sin el pasado congelado en las fotografías.
Ahora las máquinas digitales han eliminado la ansiedad de la espera y la incertidumbre de los resultados, desde que el carrete (palabra que muy pronto se borrará del vocabulario de los niños, si es que la han llegado a tener) se dejaba en la tienda, hasta su recogida unos días después. Ahora el momento que se fotografía se visualiza inmediatamente. Con la comprobación casi instantánea, se tiene la certeza de que la imagen se ha quedado plasmada a nuestro gusto en la memoria -tampoco se habla de negativos-; de los 36 disparos de antaño que se dosificaban con la prudencia del ahorro, se han pasado a las 200 instantáneas o más que inmortalizan cualquier gesto en un plis plas, sin tener que ajustar el fotómetro, ni las distancias ni nada, y sin la preocupación por los costes, o por el espacio para guardarlas. Se ven en las pantallas del ordenador, de la televisión, de los móviles, se manipulan, se pueden hacer variaciones, mezclas, presentaciones Lo malo es que esos cientos de fotos digitales que empezamos a acumular en discos van abandonando su existencia real en el papel y en los álbumes, y empezamos a añorar el goce del tacto, de mantenerlas en nuestras manos, y moverlas, llevarlas de un lugar a otro, ponerlas a la luz, acercarlas al corazón, o pasarlas al de al lado. ¿Hemos ganado o hemos perdido? Un tributo más, en todo caso, de los avances técnicos.