Pastrone quería para Cabiria el mejor equipo técnico posible, para poner en la pantalla cosas nunca vistas, así que llamó a uno de los más prestigiosos técnicos de la época. Era Segundo de Chomón, un señor de Teruel de 41 años, cosmopolita, inventor y soñador, que se había hecho famoso en París trabajando para la casa Pathé.
Chomón era un artesano inquieto, obsesionado con cosas imposibles, como el cine con colores o con sonido, que en cuatro años en la gran firma parisina había hecho nada menos que 150 películas. Eran pequeñas maravillas de fantasmas, esqueletos y dragones, también de animación, con efectos que resultan sorprendentes aún hoy. Otra de sus especialidades eran las cintas de transformaciones, todo un género en unos años en que el cine era sobre todo una formidable fábrica de trucos y magia visual. Una de las más famosas fue El hotel eléctrico (1908), un albergue donde los objetos se mueven con vida propia, aunque la cosa acaba mal cuando el propietario empina el codo más de la cuenta.
Libertad creativa
Chomón contaba con una total libertad creativa y rivalizaba en estas primeras y encantadoras películas de ciencia ficción con el gran Georges Méliès. Pero el trabajo de ambos se acabó cuando Pathé absorbió los estudios de su competidor. Chomón volvió a Barcelona en 1909, donde intentó levantar la naciente industria del cine de la ciudad, pero cuando le llamó Pastrone no lo dudó. Turín era entonces una de las mecas del cine y la Itala Films contaba con grandes presupuestos. Chomón cobraba un sueldazo de 1.000 liras al mes, cuando el sueldo medio de un operador era 150, y tenía carta blanca para dar rienda suelta a sus ideas. Suya es la iluminación, los efectos y las maquetas de Cabiria, además de estar detrás de esa cámara que empezó a moverse por primera vez en la historia en esta película.
La Primera Guerra Mundial y la expansión arrolladora del cine estadounidense acabó con esa época dorada del cine. Pastrone, por ejemplo, se dedicó después a vender cacharros médicos. Pero Chomón siguió en el oficio y acabó trabajando en otra obra magna del cine, el 'Napoléon' (1927) de Abel Gance. En España, aún hoy, es todo un desconocido.