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Llevo ocho años seguidos casi viviendo en una maravillosa Orihuela, mi cariño a esa bella y monumental ciudad no tiene límites, pero unos acontecimientos que casi vienen del advenimiento de la democracia, me hacen llorar con el Marqués de Rafal, con Joaquín Agrasot, con el cardenal Desprades, con el arzobispo Loaces, con Miguel Hernández,... por todo lo que está pasando allí. ¿Qué ha hecho Orihuela para merecerse esto? En definitiva, esto es corrupción, imputación de malos propósitos, imputación de mala condición, imputación de inconsecuencia, imputación de vínculos sospechosos, imputación en la identidad de nombre, o sea, el Ad Odium de Bentham. Pero aquí, son obras, facturas, subvenciones, pagos, empresarios, denuncias... En el diccionario de los políticos, Amat, al hablar de la palabra corrupción nos dice: «Epidemia contagiosa que hace estragos horrorosos en el país de la empleomanía. Los periódicos en su parte sanitario anuncian con frecuencia la marcha al extranjero, con objeto de mudar de aires, de algún depositario de fondos públicos, atacado mortalmente de esa enfermedad, la conducción al lazareto del Saladero de otro empleado invadido y socorrido a tiempo, y una porción de casos semejantes que tienen alarmada a todas horas a la sociedad».
¿Cuál es el problema? Realmente creo que es lo que explicaba muy bien el maestro Julián Marías: el hecho de que se vote un partido, no a personas, y tal como el partido dispone, en un orden que determina el resultado y sin posibilidad siquiera de supresión, es ya una corrupción de la democracia. Pero no hay que olvidarse de que en cualquier forma de gobierno, el verdadero legislador es el pueblo. ¿A quién pedir responsabilidades? ¿A las personas? ¿A los partidos? ¿Al que los elige? Nosotros no hemos votado a nuestros gobernantes, hemos votado (bueno, el que vota) a unos partidos. Por ello, en Orihuela deben los partidos hacer dimitir a todos. El PP son dos pepes, el PSOE son dos pesoes, el CL no es de centro ni liberal,.. Que dimitan, que devuelvan las actas, que no son de ellos, sino de los partidos. Ustedes sólo son una lista y ahora son un problema, y sobre todo para Orihuela. El combate político se desarrolla solamente en el terreno del triste espectáculo. Orihuela no puede soportar unos comportamientos políticos de cesarismos, carismas, populismos y demás, muy impropios de un pueblo vertebrado y moderno.
Herodoto hace decir a Otanes en su famoso discurso sobre la democracia, que «incluso el mejor de los hombres elevado a tal posición (de poder irresponsable), irremediablemente se cambiaría en el peor de los hombres». John Milton considera posible que la larga continuidad en el poder corrompa al más sincero de los hombres. Montesquieu afirma que la constante experiencia demuestra que todos los hombres investidos de poder son capaces de abusar de él y de hacer valer su autoridad tanto como puedan. James Madison escribe que todo el poder en manos humanas es susceptible de ser abusivo y que el poder, dondequiera que se encuentre, es más o menos susceptible de abuso. Groucho Marx en sus citas y frases escribía: «Sólo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Y si responde que sí, entonces sabes que es corrupto». Y también Groucho decía que la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.
Nuestros alumnos de Ciencias Políticas saben muy bien la gran diferencia que existe entre las aristocracias y las democracias. En los estados aristocráticos los gobernantes son poco accesibles a la corrupción y sólo tienen un gusto muy moderado por el dinero, mientras que en los pueblos democráticos sucede todo lo contrario. De esta diferencia, como diría Tocqueville, resulta que en las democracias la corrupción se ejerce más bien sobre los gobernantes y en las aristocracias sobre los gobernados. En unas se corrompe a los funcionarios públicos; en las otras, al pueblo mismo. Cuando Tocqueville habla de corrupción y dilapidación hace la siguiente distinción: Hay corrupción cuando se intenta conseguir una cosa indebida interesando al que da; hay corrupción en el candidato que paga los votos de los electores; hay corrupción en el particular que obtiene un favor del funcionario pagándole con dinero. Pero cuando los funcionarios sacan dinero del tesoro del estado para su propio provecho no hay corrupción, hay robo. La esencia de la democracia consiste en no obedecer a ningún amo fuera de la Ley. Pero la política muchas veces es el arte de inculpar al inocente y de premiar al culpable. La política debe ser el lugar donde los ciudadanos opinan, participan y deciden; y el fin del poder político es la libertad.
Dennis F. Thompson escribía que la política dice sed, pues astutos como serpientes, pero la moral añade una condición limitante, es inocentes como palomas.
Todo se verá, todo se sabrá, pero lo que la lógica sugiera, la historia lo verifica. Como escribía el poeta Busch, dos y dos son cuatro, es verdad, pero esto es demasiado vacuo, demasiado trillado. Lo que busco es una clave para cuestiones que no son tan sencillas. En la duda siempre, con el magnifico fiscal Felipe Briones. Porque nuestra fe en la libertad no descansa en los resultados previsibles en circunstancias especiales, sino en la creencia de que, en fin de cuenta, dejará libres para el bien más fuerzas que para el mal.
Agustín Villanueva es profesor de Economía Aplicada de la UMH.