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Miércoles, 22 de marzo de 2006
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España y las nuevas naciones
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En un reciente debate en el Casino de Torrevieja sobre la Constitución Española, recordé nuevamente el articulo 2: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». Pues bien, cuando una Constitución dice una cosa y la realidad actual de nuestro país, a través de su Gobierno, nos están diciendo, y además haciendo, otra cosa distinta, por qué no empezar a cambiarlo todo y así acabamos antes. Pero alguien en el Gobierno tiene claro que el noventa por ciento de nuestro país opina de forma distinta, y por culpa de un diez por ciento que parece que opina lo contrario (realmente deben ser menos, porque solamente son unos pocos políticos nacionalistas, y además son lo que apoyan al Gobierno, pero, eso sí, apoyar hasta conseguir....) vamos a cambiar la Constitución, la nación, en definitiva vamos a un cambio total de régimen.

De las muchas declaraciones sobre por qué una región es nación o no, me impactó muchísimo la de una cocinera, y además tres estrellas de la Guía Michelín, Carme Ruscalleda, que afirma lo siguiente: «Cataluña no es un invento; hay una lengua, una cocina. Por tanto, es una nación». Bien, ya saben que lo digo por costumbre. Edurne Uriarte señala que a la hora de enfrentarnos a la realidad de «España como Nación convertida en Estado», la pregunta que debemos plantear es sí España va a seguir siendo un Estado. Según Edurne, mientras habíamos conseguido avanzar frente a los nacionalismos étnicos, la llegada al poder del PSOE ha producido una involución, llevándonos otra vez a la transición, como si el tiempo no hubiese transcurrido ni servido para nada. Y añade Edurne que si volvemos, nuevamente, por tanto, al debate de la transición, ¿cómo solventar el problema nacionalista? Mi buen amigo Javier Rojo señala que si llamar nación a Cataluña nos enfrenta, pongamos otra palabra. Bien.

Edurne, creo que hemos tenido un momento importantísimo en las últimas elecciones, donde nadie había ganado y los dos partidos más votados pudieron haberse puesto de acuerdo para gobernar juntos, o llevar a cabo un pacto de consenso, y dejar solucionado el grave problema autonómico de nuestro país, y sobre todo el de las autonomías nacionalistas. Los alemanes lo hicieron por un grave problema económico, y no se tiraron a la cara ideologías, y menos temas de las guerras. Pero en nuestro país lo que dominó fue el odio ideológico más que el bien de todos los españoles. Un sistema político debe revisar sus acuerdos, pero cuidado, pues la Constitución debe ofrecer consenso y sobre todo estabilidad. A ZP le puede pasar lo que Felipe Sahagún señala en un reciente artículo, que esté intentando crear una nueva perestroika y se olvide de sus funestas consecuencias: los que ahora aplauden pronto lo dejarían solo; abrir una jaula sin tener claro la naturaleza del animal que puede salir de su interior; discursos binarios (buenos y malos, luz y tinieblas...); un jinete desbocado, cambiar la historia, ceder soberanías... De la historia hay que aprender de los errores cometidos, y en nuestro país han sido una sucesión de hechos sucesivos, sucedidos sucesivamente.

Ralf Dahrendorf, en En Busca de un Nuevo Orden, dice que, a diferencia del localismo, el nuevo regionalismo, que suele defenderse con pasión y no pocas veces con violencia, es siempre democrático. O al menos no es el fruto de una voluntad de autodeterminación democrática, sino el deseo de homogeneidad étnica, lingüística, religiosa. Su principio fundamental es la delimitación: hacia fuera, frente a los vecinos extranjeros; hacia dentro, frente a las minorías extranjeras. El regionalismo no está impulsado por un verdadero movimiento popular, sino por el activismo de demagogos y el interés de funcionarios. De ahí que, si el intento tiene éxito, los más beneficiados sean los activistas, no el pueblo. Entonces ya no se habla tanto de democracia; cuando por fin se es escocés o catalán, todos los demás se considera ya secundario. La tergiversación de la idea de autodeterminación es otro de los efectos secundarios de la globalización. El verdadero significado de autodeterminación es que los hombres sean capaces de participar en la construcción de su propio destino, eso es, que vivan en sociedades democráticas. Pero a veces autodeterminación significa voluntad de que los hombres vivan dentro de fronteras que no han sido trazadas tanto por la historia como por los historiadores aficionados con ambiciones políticas. Hubo una época en la que el separate but equal, separados pero con los mismos derechos, era un objetivo poco liberal. Era mejor el together and equal, juntos y con los mismos derechos, a ser posible con una fuerte mezcla de todos los grupos en las mismas escuelas, compartiendo las mismas amistades, matrimonios mixtos y familias multirraciales. Hoy la protección de las minorías ya no basta, hay que tener un Estado propio.

Nuestro ZP, en recientes declaraciones, ya nos resolvió el tema del concepto de nación como «conjunto de personas unidas por un vínculo y una historia común, que desean vivir de manera unida, que quieren un proyecto colectivo y que, en definitiva, tienen una identidad fuerte y asentada de pasado y voluntad de futuro». Bien, ZP, como usted dice, las palabras y los pensamientos han tenido y tendrán diversas interpretaciones. Por ello nos dice que el preámbulo del Estatuto catalán y el título I es impecable. La vida es un palimpsesto, y más aún en nuestro país. Groucho Marx decía: «Éstos son mis principios. Si no les gustan... tengo otros», y también, «la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados».



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