Alicante puede presumir, valga la ironía, de ofrecer al visitante probablemente los peores accesos a una ciudad que se presenta a las ferias como una joya turística. Vengan desde la colapsada carretera de Valencia, lleguen por la carretera de una playas desconectadas o desde el aeropuerto, con los saladares a medio camino entre reserva natural y nido de mosquitos, los visitantes sólo ven obstáculos. Y uno de ellos, ya en el umbral de un centro comercial y junto al mar, es todavía hoy la Estación de Murcia. Abandonado a su suerte por Renfe y, ahora, por el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (Adif) y dejado de la mano de Dios por gobiernos populares y socialistas, este imponente inmueble se cae.