La Verdad Digital
Miércoles, 15 de marzo de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares   Página de inicio
PORTADA EL PERIÓDICO ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
ARTÍCULOS
Embrión A, embrión B
Imprimir noticiaImprimir Enviar noticiaEnviar
[an error occurred while processing this directive]
Recientemente leí una carta al director (nunca leo las cartas al director, salvo que mis alumnos me informen sobre alguna de ellas, y, por supuesto, mai contestaré a ninguna) en el ABC que decía que sólo la estulticia humana puede hacer sustituir, vía BOE, los términos padre y madre por los de progenitor A y progenitor B. A los críos y crías se le tendrá que dar clases sobre la materia y su elección de conceptos. Creo que estamos infligiendo un daño sin reparación posible a la dignidad humana. Como estamos cargándonos todo, por qué no empezar por unos embrioncitos de nada, o sea por el incesto genético. Sólo el respeto a la vida puede fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la sociedad, como la democracia y la paz. En efecto, no puede haber verdadera democracia si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos; no puede haber siquiera verdadera paz si no se defiende y promueve la vida.

Aun cuando el feto todavía no lleva en sí con seguridad signos de personalidad, hay que adjudicarle, con todo, un interés en sobrevivir, y por tanto también derecho a la vida. Aun cuando el feto todavía no puede decir: «Ése soy yo», sí puede decirlo la persona adulta de sí misma cuando se encontraba en el seno fetal; pues los individuos son idénticos. El profesor Martin Rhonheimer manifiesta que se percibe la supervivencia de uno mismo en cuanto feto como «interés propio», y eso significa que se percibe como «algo bueno para mí» ya entonces, lo cual significa también como un bien de la persona que yo soy ahora. De ello se sigue que no existe razón alguna par negar a otros fetos actuales el correspondiente interés en la vida y que, antes bien, existe una razón de peso para atribuirselo. Se encuentran en un estado idéntico al del yo que yo fui un día, como individuos, son ya ahora idénticos a la persona que serán algún día. En el caso de que exista el interés en sobrevivir, objetivo y acreedor de reconocimiento, es aplicable la regla de oro y la acción de dar muerte a un feto se muestra como una acción fundamentalmente injusta. Es aún más injusto que matar a quienes mediante su propio querer pueden hacer real ese interés en la vida y exigir en acto que se respete, ya que el feto es una persona real, un hombre que no puede hacer valer ni defender su interés, y que por ello está más necesitado de protección.

Por invitación de la Academia Pontificia para la Vida se han reunido 350 científicos, médicos, bioéticos y teólogos para afrontar por primera vez la cuestión de El embrión humano en la fase de preimplantación, o sea, los primeros días que siguen a la concepción. Ratzinger, en su saludo a los científicos, les dice que es una cuestión sumamente importante hoy, tanto por sus evidentes repercusiones sobre la reflexión filosófica, antropológica y ética como por sus perspectivas de aplicación en el ámbito de las ciencias biomédicas y jurídicas. Toda vida humana es sagrada e inviolable en todo momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento. Este juicio moral vale ya al comienzo de la vida de un embrión, incluso antes de que se haya implantado en el seno materno, que lo custodiará y nutrirá durante nueve meses hasta el del nacimiento. Aún cuando el feto todavía no puede decir: «Ése soy yo», sí que puede decirlo la persona adulta de sí misma cuando se encontraba en el estadio fetal, pues los individuos son idénticos.

En el siglo IV, San Cirilo de Jerusalén se hacía la siguiente reflexión: ¿Quién es el que ha preparado la cavidad del útero para la procreación de los hijos? ¿Quién anima en él al feto inanimado? ¿Quién nos ha provisto de nervios y huesos, rodeándonos luego de piel y de carne y, en cuanto el niño ha nacido, se convierte en joven, luego en hombre y, por último, en anciano, sin que nadie logre descubrir el día preciso en el que se realiza el cambio? Y concluía: «Estás viendo, ¿oh hombre!, al artífice, estas viendo al sabio Creador». Dios ama al embrión humano como a cualquier otra persona. Ratzinger explicó que el amor de Dios no hace distinciones entre el ser humano recién concebido y que se encuentra en el seno materno, y el niño, o el joven, o el hombre maduro o el anciano, porque en cada uno de ellos ve la huella de la propia imagen y semejanza. La vida humana siempre es un bien, pues es manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria. Más allá de los límites del método experimental, les dice Ratzinger a los científicos, en el confín del reino que algunos llaman metaanálisis, donde ya no basta o no es posible sólo la percepción sensorial ni la verificación científica, empieza la aventura de la trascendencia, el compromiso de ir más allá.

El presidente de la Academia Pontificia, Elio Sgreccia, respondió a los periodistas qué es ese conjunto de células que en los primeros días de fecundación todavía no se ha implantado en el seno materno. Sgreccia afirmó que, en todo caso, el embrión es un hijo: un niño o una niña, que tiene una relación especial con sus propios padres y, para quien es creyente, tiene también una relación especial con Dios. El conocimiento de las fases del desarrollo del embrión permite ofrecer una respuesta ética a lo que sucede en el seno materno. La biología constata en las primeras células embrionales la existencia de una actividad, de una individualidad, hasta el punto de que llega a proponer la definición de un estatuto, incluso para el embrión antes de su implantación en el útero, protegiéndolo de manipulaciones, especialmente de experimentación destructiva. No puede haber verdadera democracia si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos; no puede haber siquiera verdadera paz, si no se defiende y promueve la vida.



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.

[an error occurred while processing this directive]