Un día no pudo más. Dijo adiós a Murcia, su ciudad natal, y a veintidós años de clichés masculinos, quemó las fotos que lo atestiguaban y se subió a un tren. Al descender en San Sebastián, José se había convertido definitivamente en Ana -dos nombres ficticios que preservan su intimidad-. Entonces, con tanta ansiedad como miedo, se dirigió a una 'boutique' de ropa femenina. Hizo acopio de vestidos, camisetas y pantalones, dispuesta a asumir su nueva identidad. La dependienta se le acercó, y temió el reproche. «Al probador, cuatro prendas como máximo», le espetó si más. «¿Buaa! Me gasté una pasta», recuerda ahora divertida.