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No se lo creerán, pero es de lo más complicado averiguar quién es el primer detective de la historia. Muchos pensarán que ese privilegio lo acapara el archiconocido Sherlock Holmes, que con pericia, casi divina, se encargaba de resolver certeramente cualquier misterio que estuviera a su alcance; pero no, no es él. Si creemos en las pesquisas de un gran periodista y dramaturgo argentino, Rodolfo Walsh, afirma con meridiana seguridad, en su artículo Dos mil quinientos años de literatura policial, que el pionero en encarnar ese papel fue el mismísimo profeta Daniel, desbancando al que por meritos propios parecía el padre literario de los detectives, el melancólico Poe con su personaje Auguste Dupin, quien inspiró posteriormente al inmortal Holmes. El celuloide se encargó de magnificarlos y llegaron a diversificarse tanto, que los tenemos de mil tipos y condición, desde los más feos y despistados como Colombo hasta los más vanguardistas del CSI, que no dejan títere con cabeza a fuerza de análisis científicos de los detalles más insignificantes a primera vista.
Posiblemente de la ficción literaria y cinematográfica nacieron los originales y genuinos detectives, que se pasean por nuestras calles haciendo una labor callada de la canallesca cotidiana de tantos maleantes en potencia, o potenciados, que tenemos a nuestro alcance, y que hacen de sus vidas una aventura. Los casos que abordan se alejan bastante de los que puede llevar entre manos algunos de nuestros conocidos detectives famosos, pero en el fondo la labor viene a ser semejante. Hacerse cargo de la búsqueda de alguna persona desaparecida; indagar sobre los engaños de un trabajador que se hace pasar por incapacitado para cobrar el seguro; perseguir al incauto marido infiel y desenmascararlo; espiar la producción industrial para copiar nuevos diseños y un sinfín de posibilidades que ejecutan sin la gabardina arrugada del teniente Colombo, sin la pipa de Holmes y sin los subterfugios de la detectivesca peliculera de espiar bajo la cama.
En los últimos tiempos, les ha aparecido otra ocupación y todo por el exceso de confianza del que hacemos gala, para achantarnos, acto seguido, mal pensando en turbios asuntos que no nos dejan vivir en paz. Hablo de las nuevas aficiones de los padres en contratar los servicios de los investigadores de vidas ajenas, para que sigan a los vástagos en sus salidas nocturnas, con el único fin de destapar una realidad que sospechan de sus andanzas. Toda la película comienza con la adolescencia en la que los hijos aprovechan la tibieza paterna para descabalgarse de las normas familiares y empezar nuevas hazañas en la libertad de acción. Salir a destajo, sin restricción de horario, con dinero en el bolsillo y la certeza de que los viejos están en la santa creencia de que los hijos son santos varones impolutos, que como mayor fechoría son capaces de transgredir la prohibición de beber en la calle. Cuando la confianza en los hijos empieza a ir de mal en peor y se les intentan poner vallas a las salidas de fin de semana, caen en la cuenta de que quizás no sean tan santos y se estén dedicando a algo más que beber cerveza.
Esa duda y esa desconfianza lanzan de lleno a los progenitores a contratar los servicios del especialista para que los saque de su angustia. Después de algunas persecuciones , traen pruebas documentales de que el beber es solamente la punta del iceberg y se están poniendo ciegos a todo lo que pillan en nuestras calles, que por desgracia es mucho. ¿Y una vez en el desengaño qué? La angustia se convierte en obsesión, la obsesión en obcecación y ésta en depresión. Al final no sabemos qué hacer y viene la catástrofe. Un consejo de mi buen amigo Gorgias, no esperes y adelántate a este final, habla, y consigue una confianza real con ellos, aunque los detectives tengan que dedicarse a otra cosa.