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Lunes, 27 de febrero de 2006
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OPINIÓN
EDITORIAL
Racismo en el fútbol
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No es la primera vez que grupos de energúmenos dirigen inaceptables insultos racistas a los jugadores de color en los campos de fútbol, pero durante el encuentro Zaragoza-Barcelona, el pasado sábado, el camerunés Eto'o, harto de soportar la insidia, estuvo a punto de ausentarse del campo y provocar un incidente de importancia. La actitud serena del árbitro, así como las persuasión desarrollada por su entrenador y los jugadores de ambas plantillas, permitió que Eto'o terminara el partido, no sin antes dar una magnífica lección de buen fútbol.

El espectador que va al estadio aspira, se supone, a contemplar un buen espectáculo deportivo en el que, a poder ser, gane su equipo favorito. Pero es incuestionable que va también a desahogarse, a descargar adrenalina y a dar rienda suelta a una agresividad que el resto del tiempo ha de controlar. En esta línea, es muy probable que algunos de quienes vociferan gritos racistas no sean plenamente conscientes de la gravedad de lo que están haciendo: no es, evidentemente, lo mismo denostar al árbitro por sus errores que insultar a un ser humano por sus rasgos morfológicos, violando así sus derechos más esenciales. Pero esa falta de malicia, que podría ser un atenuante en un proceso penal, no es ni mucho menos un eximente desde el punto de vista político y social. No es tolerable que estos incidentes racistas se prodiguen cada vez más. Y no sólo en España; no hay más que recordar el reciente incidente con Zoro, del Messina, a punto también de marcharse del estadio en un partido frente al Inter de Milán.

La Comisión Antiviolencia debe tomar inmediatamente cartas en el asunto para solemnizar el desacuerdo con estas actuaciones y para establecer unas medidas acordes con la magnitud y el alcance del problema. Con independencia de que los fiscales extremen su celo en la persecución penal de quienes emiten los insultos racistas, está claro que los clubes en cuyos estadios se produzcan estos incidentes han de ser severamente sancionados, incluso con la clausura de los campos de juego. Sólo así las aficiones entenderán colectivamente que no es posible compartir colores con grupos de delincuentes que violan, además del Código Penal, los principios más elementales de la deportividad.



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