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Hace tiempo que nuestra sociedad está cambiando. Necesita nuevas sensaciones, fuertes impactos y, aún así, no reaccionamos.
Nos estamos endureciendo de tal forma que si no es a base de conmociones, si algún hecho no se transmite con la suficiente fuerza, no tiene validez, no tiene chicha. Algunos noticieros nos cuentan historias de lo que pudo ser y no fue. Nos cuentan con letras mayúsculas sucesos que no se han producido como si fueran ciertos. Y así nos animamos con el morbo. Deseamos acción. «A las seis de la mañana se produjo un accidente de tráfico a quinientos metros de un colegio». «Una bomba estuvo a punto de explotar en los bajos de una casa abandonada. No se produjeron víctimas» ¿Por favor!
En los programas infantiles, los presentadores y los personajes hablan a gritos y nuestros hijos aceptan esa actitud como algo natural. Aprenden a hablar a gritos también, y con violencia. Nos va la marcha, y así estamos, asqueados el día que nada extraordinario ocurre a nuestro alrededor, cuando precisamente ese día deberíamos alegrarnos, aunque sólo fuese por poder disfrutar una vez más del sol que luce. Quizás sea ese el motivo por el que inventan lo que pudo ser y no fue, para mantener nuestro estado de ánimo activado, para mantenernos felices. ¿Qué pasa con el deseo de tranquilidad, de paz?
Pues pasa que nos acordamos cuando por razones auténticas no las disfrutamos. Vivimos engañados. Mundo cruel y despiadado.