La Verdad Digital
Domingo, 26 de febrero de 2006
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OPINIÓN
LA PLUMA Y EL DIVÁN
Mascaradas
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Fue el supremo Calderón de la Barca quien se adentró en las profundidades de la vida a través del teatro y supo sorprender con aquello de que el mundo es un gran teatro, inspirándose en la literatura griega y, haciendo suyo ese influjo, nos colmó de satisfacciones con su obra, donde se mezcla todo de tal forma que la ficción es realidad y la realidad ficción. En la actualidad el teatro sigue, casi a pies juntillas, a la vida, sin despegarse un ápice de su sendero, como queriendo imitar a la vida misma y convertirla en ficción para relajo de propios y ajenos. Que lo teatral se nutra de la vida cotidiana hace que nos veamos reflejados en multitud de situaciones y alegorías para aprender de nuestros errores y salvar las apariencias de lo absurdo de nuestra existencia. Pero no nos basta con las representaciones teatrales, ni con las horas y horas de televisión, empeñadas en hacernos ver las circunstancias más imbéciles de nuestros congéneres que se plasman en los reality show, aireando intimidades a cambio de un minuto de gloria televisiva y un bocata para comer entre bastidores, para que después sus conocidos le digan eso de «te vi en la tele» para agrandar su ego y empobrecer su espíritu por mediocre. No nos basta con vivir una realidad propia y por ello recurrimos a las ajenas, ya sean en versión teatral, televisiva, novelada en cuché o enlatada en cualquier formato de las que hacen alarde las nuevas tecnologías. Además de todas estas evasiones, necesitamos disfrazarnos, de vez en cuando, para creernos diferentes por un instante y deshacernos de los malos efluvios que puedan emanar de la rica o pobre existencia diaria.

Las mascaradas, por tradición pura y dura, vienen con el frío de febrero a intentar dar rienda suelta a la algarabía, el desenfreno y el desquite de lo que habrá de llegar unos días después con el ayuno y la abstinencia, el recato y los buenos modales incrustados en las creencias religiosas que así lo promulgan e imponen. Saltar las normas es lo que se une a muchas celebraciones populares, para poder sobrellevar con dignidad la rigidez del día a día cotidiano que nos encorseta demasiado en lo convencional e inalterable. Necesitamos trasformarnos en aquello que no somos, durante un tiempo que marca un destino distinto, que aunque sabemos que es efímero y falso, recompensa con creces a los que practican el arte del disfraz. Intentamos reírnos de todo aquello que nos asusta, como la muerte, la enfermedad, la ley; mofarnos de lo que nos ata al yugo de lo normativo, desde el jefe en la oficina hasta el político que dicta implacable las cosas que tenemos que hacer y no hacer. Las mujeres quieren ser hombres y los hombres mujeres, sentir artificialmente, por unos instantes, todo aquello que conlleva una identidad, un sexo, un estatus, un artificio. Es tiempo de jolgorios y jaranas, enfundados en mil y una máscaras que oculten nuestra verdadera identidad, la otra, ésa que todos los días tenemos puesta y que se hace inalterable al tiempo y al espacio.

En los últimos años hacemos que todos participen de las mascaradas de alguna forma. Los niños se sumergen en papeles imaginarios con su sabiduría infantil, sin necesidad de que tengamos que enseñarles el rol que han de jugar en esos momentos de usurpación de personalidad, cuando juegan a ser un pirata pata palo, una princesa encantada o un animal salvaje. Los abuelos, con la magia de la experiencia a cuestas, son capaces de transportarse a otros mundos irreales sin que tengamos que empujarlos a ello, como ocurre las más de las veces en otras circunstancias.

Después de la fiesta del intercambio de papeles, viene la calma, la vuelta a la rutina, el retorno a la realidad, lo que hace que nos sintamos llenos de alegría por ser quienes somos y lo que somos, pero tristes de acabar con la ficción de lo que nos ha gustado ser por unas horas. Otro año, quizás el que viene, me disfrazaré de mago y convertiré al mentiroso en sincero, al alborotador en pacifista, al terrorista en sensato, al torpe en habilidoso, al facineroso en bonachón. Otro año, quizás el que viene, el gran teatro del mundo abrirá sus puertas a un nuevo destino iluminado por renovadas esperanzas. Las mascaradas es eso, ocultar una verdad con la careta de una ilusión.



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.

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