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Hace unos días escribimos de una de las dos grandes partes de la encíclica Deus caritas est. Hoy lo haremos sobre la segunda, que trata de cómo cumplir de manera eclesial el mandamiento del amor al prójimo. Eros, agape, caritas; el eros se transforma en ágape en la medida en que el hombre y mujer se aman realmente, y cada uno no se busca sólo a sí mismo, su alegría, su placer, sino que busca sobre todo el bien del otro. El Papa habla del sexo, del amor y de la caridad no sólo a los cristianos. Todo amor y caridad verdaderos vienen de Dios.
Javier Echevarría nos dice que el Catecismo recuerda que la caridad es la virtud con la que amamos a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, por amor de Dios. La caridad asegura y purifica nuestra capacidad humana de amar. En Cristo descubrimos nuestra vocación y nuestra grandeza. Y parte esencial de ese descubrimiento es la caridad, el amor que Jesucristo ennoblece y purifica. El mundo del trabajo se ve enriquecido por la caridad. Ejercitar la propia profesión de acuerdo con el precepto evangélico significa realizarla por amor, con deseo de servir, poniendo el corazón, pensando en los demás. Santificar el trabajo equivale a convertirlo en expresión de amor de Dios y ocasión de entrega a los demás, impregnarlo de justicia y de caridad.
El Papa sale al paso en la encíclica de dos peligros de nuestro tiempo: el fundamentalismo religioso violento y la pérdida de espíritu de algunas organizaciones caritativas católicas, reducidas a simples ONG. En la difícil situación en que estamos hoy en día la doctrina social de la Iglesia se ha convertido en una indicación fundamental, que propone orientaciones válidas mucho más allá de sus confines. El Papa nos señala que para definir con más precisión la relación entre el compromiso necesario por la justicia y el servicio de la caridad, tenemos que tener en cuenta dos situaciones de hecho: el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política; un Estado que no se rija según la justicia se reducirá a una gran banda de ladrones. El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones. La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien.
La segunda situación nos dice que el amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa, porque quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto a hombre. El Estado que quiere proveer todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido -cualquier ser humano- necesita: una entrañable atención personal. Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio. El deber inmediato de actuar a favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos. Como ciudadanos, debemos participar en primera persona en la vida pública.
Como dice el cardenal Herranz, la tendencia al totalitarismo ideológico se puede manifestar también en regímenes democráticos. El peligro del totalitarismo agnóstico o fundamentalismo laicista, encubierto por una aparente neutralidad y aconfesionalidad, se está insinuando en las conductas de autoridades civiles que confunden la justa laicidad del Estado con el laicismo. La neutralidad o la laicidad del Estado no son equivalentes a Estado aconfesional -lo que sería correcto-, sino a Estado anticonfesional, antirreligioso o anticatólico.