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Muchos escribidores no creemos en absoluto que una imagen valga más que mil palabras y estamos seguros de que una buena descripción literaria es más expresiva que cualquier visión. De ahí que, ante la oleada de fanatismo islamista que nos invade, la mejor forma que algunos encontramos de expresar nuestra solidaridad con quienes han recibido la anatema de los deístas por ponerle rostro a Mahoma en uso de su libertad de expresión, de crítica y de caricatura, es dibujar literariamente el icono del Mahoma que ven los iluminados que responden a la ironía y al desahogo cultural con la amenaza de muerte, el dicterio inflamado y la guerra santa.
Para estos orates, Mahoma debe ser una airada figura antropomórfica calcada de la fisonomía orientalizante de Bin Laden, con expresión cruel y gesto dominante, levitando sobre una aureola flamígera y en actitud admonitoria... Prudentemente, el propio Corán prohíbe las representaciones físicas de la trascendencia. Pero aún así los epígonos del profeta no se han podido hurtar a la peor idolatría: la que hace de su propia creencia el argumento de la exterminación de los disidentes. Y esa discordia absurda prueba lo que ya se sabía: que no es posible conciliar nuestra libertad con su fanatismo.