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Viernes, 3 de febrero de 2006
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El hombre, proyecto divino de amor
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La experiencia nos enseña que el hombre, como el resto de los animales, es concebido, nace desprendiéndose del seno materno, vive durante un periodo de tiempo más o menos largo y, finalmente, muere. Pero el hombre no es un animal como los demás. La nota distintiva, desde el punto de vista meramente biológico, es su racionalidad. El hombre, varón y hembra, no es sólo un animal, sino un animal racional.

Desde la perspectiva cristiana, la racionalidad se identifica con la espiritualidad a virtud de la cual, más allá de un animal racional, el hombre es definido como persona; persona humana que hay que distinguir del ángel, que es persona sólo espíritu, o espiritual, y de Dios que, en su Trinidad personal de Padre, Hijo y Espíritu de Amor, es en esencia espíritu y, en cuanto al Hijo también verdadero Hombre, o, lo que es igual, espíritu integrado en un cuerpo animal. El hombre es, desde el punto de vista cristiano, un espíritu encerrado en un cuerpo material. Nuestros padres nos engendraron biológicamente y, en el mismo instante de nuestra concepción, según la doctrina cristiana, Dios nos infundió nuestro espíritu, esa esencia de identidad que no cambia ya nunca, a pesar de las transformaciones de nuestro cuerpo y de nuestra mente, y que hace que nos reconozcamos como nosotros mismos en distintas fases de nuestra vida, desde nuestra niñez hasta nuestra etapa senil.

La vida del hombre sobre la tierra es un acontecer en el tiempo. Desde que es concebido hasta que muere el hombre se hace. La evolución hacia la plenitud, tanto biológica como espiritual, es el destino inexorable del hombre en el que el mismo hombre, precisamente por haber sido creado libre, tiene mucho que decidir. El hombre es libre de truncar, por sí mismo o por otros, ese itinerario de la vida a la realización de la propia plenitud, no sólo corporal sino también en cuanto a la plenitud de su espíritu que suele ser posterior al estado de plenitud biológica de su cuerpo.

Continuando nuestra reflexión por las vías de la doctrina cristiana, ha llegado el momento de preguntarnos, pero ¿cuál es la plenitud del hombre como persona, como espíritu encerrado en un cuerpo material? Al dictado de la Biblia, en capítulo 1, versículo 26 del Génesis, después de relatar la creación de Dios durante los primeros cinco periodos o fases de tiempo, se dice: «Y por fin dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra...». Luego el modelo del hombre espíritu encerrado en un cuerpo es el mismo Dios. Se ha dicho que el oficio más antiguo de la creación es el de ceramista pues Dios es el primer escultor que modela el barro para realizar una escultura perfecta: el hombre. La plenitud de cada hombre, cuerpo y espíritu -la mía y también la tuya querido lector-, se alcanza por la conjunción armónica de la voluntad amorosa de Dios y la aceptación por el hombre libremente de esa voluntad o proyecto divino de hacerle semejante a Él. Y no olvidemos que, por encima de cualquier atributo divino, inmensidad, bondad, omnipotencia, etcétera, Dios es Amor. El hombre, por tanto, es la materia que, moldeada por las manos de la Divina Providencia, con la anuencia humana, está llamado a convertirse en un sujeto todo amor, receptor y dador de amor, de amor a Dios y de amor a los demás hombres. El hombre no puede vivir sin amor. Sin amor el hombre queda aislado en sí mismo como un ser incomprensible, su vida está falta de sentido, y no se le revela el Amor, si no se decide a experimentarlo, a hacerlo suyo, sino participa en él vivamente. De ahí la importancia de su asentimiento al querer divino que, en muchas ocasiones, requerirá el don sincero de sí mismo, la renuncia a las propias inclinaciones y deseos, porque el amor verdadero no existe sin el sacrificio, sin la oblación del egoísmo. Amor es desear y procurar el bien de aquellos a quiénes se ama, lo adecuado a su ser, su máxima perfección existencial por y para la eternidad. «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Juan 15, 13). Ahí radica la plenitud del amor. Dios nos lo ha hecho patente por medio de Jesucristo crucificado que muere disculpando y solicitando el perdón para sus maltratadores deicidas. El hombre ama si actúa positivamente, a la búsqueda del bien del prójimo con sacrificio de su propio interés y comodidad, como el buen samaritano de la parábola que, al ver al agredido por los salteadores, se compadece de él, pospone su viaje, le cura, le venda, le monta sobre su propia cabalgadura, le conduce a la posada, paga su estancia en la misma y se compromete con el posadero a subvenir a su vuelta los excesos de gasto si los hubiere.

Pero, ¿cómo es posible aprender a amar y a darse generosamente a los demás? En Dios hay relaciones de paternidad, relaciones de filiación y relaciones de amor, luego Dios es también familia. El hombre, proyecto divino de amor, se realiza a lo largo de su vida aprendiendo a amar en la escuela de la familia, que es comunión de personas vivificada por el amor; es en la familia donde reina el amor reciproco, gratuito, desinteresado y generoso. Realmente, la familia -más que cualquier otra realidad humana- es el ámbito en el cual el hombre es amado por sí mismo y aprende a amar dándose generosamente a los demás en actitud de reciprocidad al amor que recibe. Ese aprendizaje de amor en la escuela de la familia es el que los cristianos estamos obligados a practicar en todos los ambientes, porque hemos recibido primero el amor de Dios-Padre y de nuestros padres en la familia. Con palabras de Benedicto XVI en su reciente Encíclica, «el amor puede ser mandado porque antes es dado».



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.



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