Ayer, cuando los medios se hacían eco del prodigioso crecimiento conseguido por este país durante el 2005 -un 3,4%, el doble de la UE-, se conocían dos indicadores preocupantes del mes de enero: el paro registrado subió en ese mes en 68.566 personas a causa del habitual reflujo del período navideño -los parados son ya 2.171.000- y la inflación subió en dicho mes al 4,2% interanual, cinco décimas más que el mes anterior, según el indicador adelantado del Índice de Precios de Consumo Armonizado (IPCA), difundido por el Instituto Nacional de Estadística (INE). De confirmarse ese cálculo provisional, supondría la tasa más alta desde 1997, año en que comenzó a registrarse este dato. Es evidente que hay sombras amenazantes sobre la bonanza económica y por ello produce desazón ver al ministro de Economía constantemente enfrascado en las negociaciones estatutarias cuando lo razonable sería que estuviese diseñando medidas de política económica tendentes a remediar ciertos desequilibrios y a desregular y liberalizar los sectores aún intervenidos de la economía que están detrás de estas malas cifras.