La Verdad Digital
Jueves, 2 de febrero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares   Página de inicio
PORTADA EL PERIÓDICO ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
DESDE LA MIRANDA
La expulsión como solución
Imprimir noticiaImprimir Enviar noticiaEnviar
[an error occurred while processing this directive]
¿Estamos de acuerdo en admitir que la estancia de un delincuente en la cárcel no implica, salvo contadas excepciones, su transformación en ciudadano cabal y perfectamente reintegrado? Y al decir delincuentes me refiero a quienes lo son por una especie de vocación o impresión genética y no por puro accidente. Aludo, como ejemplo cercano, al hijo de una familia a la que conozco -relativamente acomodada, trabajadora y respetable en todos los sentidos- quien, desde bien niño, mostró una inclinación innata hacia el mal. La criatura comenzó por escupir a los vecinos, hizo sus pinitos hurtándoles las bicicletas a sus amigos, comenzó su carrera a gran escala robando la primera motocicleta, se graduó apropiándose de un automóvil y obtuvo el doctorado apuñalando en plena calle a un ciudadano que se negó a entregarle la cartera. Hoy cumple condena carcelaria; en Fontcalent, creo.

Mas, antes de que lo encerraran en una prisión para delincuentes comunes -denominación equívoca donde las haya- recorrió, desde su más tierna infancia, una serie de Centros de Rehabilitación de Menores. Nombrecito que, dicho sea de paso, también se las trae. Tratándose del personaje de quien se trata, no es de extrañar que durante sus numerosas estancias en establecimientos de este tipo, se fugara de ellos cuantas veces le vino en gana, agrediera a sus cuidadores y compañeros en cada ocasión que le plugo y -esto me arriesgo a aventurarlo yo, sabedor de sus hazañas como agresor sexual- abusara de sus compañeros menores o más débiles.

He aquí mi pregunta: ¿Está justificada la presencia de estos individuos contumaces en centros supuestamente destinados a reintegrar niños en la sociedad? La teoría dice que si se les ingresara en un centro penitenciario ya serían irrecuperables, amén de la sevicia a que serían sometidos por parte de los reclusos veteranos. Mas, a lo que se ve, los piadosos defensores de la hipótesis no se paran a pensar en las víctimas, el resto de niños, siguiendo una costumbre muy arraigada en esta clase de pensadores. No consideran las nefastas consecuencias que el simulacro de reclusión de estos especímenes acarrean. Consecuencias irreversibles en muchos casos, que llevan a niños en los que pueda haber atisbos de reinserción, a atravesar la peligrosa frontera entre lo redimible y lo definitivamente perdido.

En el colegio en el que los padres jesuitas trataron de educarme, todos los alumnos sabíamos que la comisión de una falta muy grave, o de tres graves, traía acarreada la expulsión inapelable. Y lo sabíamos porque los curas y profesores nos recordaban de vez en cuando que así constaba en el Reglamento del Colegio, del que nuestros respectivos progenitores tenían un ejemplar.

Ya sé que los eminentes artífices de los reglamentos que rigen en los centros para menores, me tacharán de inhumano, retrógrado y tantas otras lindezas cuantas les pasen por la cabeza. Sin olvidar a los que -buscando el resquicio fácil- me tacharán de elitista por el hecho de haber estudiado con los jesuitas, aun ignorando mis circunstancias de las que, por descontado, no pienso darles ni tanto así de información. A pesar de ello, voy a hacer mi propuesta: repítaseles, al menos una vez al día, a todos los internados en centros de rehabilitación de menores que la comisión de una falta muy grave o de tres graves implicará la expulsión automática y sin posibilidad de recurso. Pónganse carteles anunciadores en los dormitorios, comedores, salas de baño y patios de recreo. Y a aquél que vulnere el reglamento, expúlsesele automáticamente.

Y que lo envíen a la cárcel -a un pabellón especial, hasta ahí llego- donde lo más que le podrá ocurrir es que lo corrompan aún más, si ello es posible. Pero al menos se darán más oportunidades de rehabilitación a muchos otros niños. Suponiendo que ése sea el verdadero objetivo que se persigue con el internamiento en centros para menores. ¿O por ventura no lo es?



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.



[an error occurred while processing this directive]