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La escuela inmoral de algunos dirigentes del PP tachando al presidente del Gobierno de cobarde y otros muchos insultos está dando sus frutos: el senador por Melilla, Carlos Benet, compara la entrada de Rodríguez Zapatero con la irrupción a caballo del general Pavía en el Congreso, que acabó con las libertades que hasta entonces habían conseguido nuestros antepasados luchando por la República, lo que dice muy poco a favor del nivel democrático de algunos miembros del PP.
Y se le ocurrió al señor Benet citar a Tejero -mucho más cercano en el tiempo- a pesar de que, tal vez, podría herir sensibilidades de quienes apoyaron aquel golpe del 23-F, que todavía están vivos y son votantes incondicionales del PP, puesto que los partidos a los que pudieron votar durante algún tiempo desaparecieron del panorama político.
La derecha intransigente todavía no ha asumido el triunfo del PSOE, porque terminó con muchos privilegios para quienes se creían los dueños de España, que son quienes aprovechan cualquier ocasión, para culpar a Zapatero de todo acontecimiento que no beneficia a la derecha, sino a los españoles en general, sean las bodas entre gays, sean las reformas de los Estatutos en Cataluña o en el País Vasco.
La doctrina rajoyana del insulto por el insulto y la descalificación permanente para desgastar a Zapatero y a su Gobierno empieza a dar sus frutos, hasta el punto de que para que distingan algunos miembros del PP la diferencia entre la entrada de Zapatero y de Pavía en el Congreso, ha tenido que salir Ángel Acebes aclarando que el triunfo del Gobierno socialista del 2004 no fue un golpe de Estado, sino legitimado por los votos de millones de españoles, que estaban contra la guerra de Irak y contra la política pro yanqui que ejerció Aznar durante su mandato.
Es vergonzoso el comportamiento antidemocrático del senador ceutí del PP, pero mucho más inmoral es el discurso diario al que nos tiene acostumbrados Mariano Rajoy, insultando sin cesar al presidente del Gobierno, lo que empieza a crear escuela entre sus pupilos y demuestra el nivel cultural y ético de ciertos individuos defensores de las ideas ultraconservadoras.