No son pocas las quejas que muchos padres me hacen sobre sus hijos, debo confesar que tampoco es nada nuevo pues en esto de la educación es bien sabido que no existen manuales de instrucciones por lo que, quien más quien menos, encuentra alguna que otra dificultad cuando debe ejercer el rol de progenitor. Sus quejas, sin embargo, esconden algo mucho más peligroso que una simple y normal desorientación sobre cúal es la mejor manera de tratar a sus hijos, tras sus lamentaciones se esconde una profunda emoción: el miedo. Afortunadamente quedan lejos aquellas generaciones en las que los hijos temían a sus padres pero desgraciadamente, hoy en día son los progenitores quienes viven y conviven con auténtico temor. Y eso tiene nombre: los especialistas lo denominan 'síndrome del emperador' en referencia al maltrato que algunos padres sufren por parte de sus hijos.
Las estadísticas de los últimos años indican que la incidencia ha aumentado respecto a otras décadas. La Fiscalía General del Estado recibió en el año 2000 seis mil quinientas denuncias de padres. Pero hay quien apunta a que las cifras podrían ser mayores pues muchos padres tienden a encubrir este tipo de problemática.
Lo que cabe preguntarse en este caso es lo de siempre: ¿a qué se debe esta tendencia?, ¿hay algo que se pueda hacer para prevenirlo? La respuesta a la primera pregunta alberga muchas posibilidades: herencia genética, incidencia ambiental, social o familiar. Sea como sea el factor común parece apuntar a las pautas educativas recibidas durante la infancia, unidas quizá a un temperamento determinado en el niño. Los padres, por un lado, tienden a sobreporteger a sus hijos por miedo a las consecuencias negativas que pueda tener el hecho de ser demasiado autoritarios pero, por otro lado, temen ser demasiado negligentes al propiciar la autonomía e independencia de sus propios hijos. Temen que los hijos se traumaticen o reciban una educación excesivamente severa que, desgraciadamente algunos de ellos recibieron cuano eran niños y, en vez de compensar, descompensan. Por otro lado, tienden a exigir demasiado a sus hijos por lo que la mezcla de falta de autoridad, el miedo a propiciar la autonomía más el exceso de exigencia conducen a resultados nefastos. Por otro lado, ciertas variables sociales inexistentes décadas atrás acaban por complicar la cuestión: el poco tiempo que pasan con sus hijos conduce a relaciones menos afectivas en cantidad y en calidad, por lo que la conjunción de todos estos factores, sin que ninguno de ellos por sí solo explique el problema, actúa de coctel molotov cuando el niño o la niña se acercan a la adolescencia e incluso, en ocasiones, antes de la pubertad. Visto así parece que toda la responsabilidad recae sobre los padres pero se dan casos en las que el origen del problema no reside en ellos tal como asegura el Dr. Vicente Garrido, psicólogo criminalista y profesor titular de la Universidad de Valencia cuando afirma que «muchos de estos padres no son permisivos, ni tampoco negligentes, y no provienen de un contexto marginal. Son de clase media y se han ocupado de sus hijos». vamos más allá y preguntémonos por qué los hijos acaban agrediendo a sus padres.
De acuerdo con el psicólogo, hay factores géneticos que pueden explicarlo: parece que son niños que presentan una dificultad de origen biológico para poder percibir las emociones morales. Es entonces cuando la confluencia de genética y ambiente originan la cuestión ya que determinados factores familiares agravan el problema: falat de intervención en la primera infancia, falta de experiencia, ausencia de ayuda y la conviencia en una sociedad que premia la violencia y la recompensa inmediata.
No se alarmen padres, parece haber soluciones: dediquen tiempo al desarrollo emocional de sus hijos, consulten a profesionales si tienen dudas y pidan orientación y sobre odo establezcan límites desde el primer momento. No se me ocurra mejor estrategia que la que esconde las sabias palabras de Luois Pasteur cuando afrimaba: «No le evitéis a vuestros hijos las dificultades de la vida, enseñadles más bien a superarlas».