Anosotros, los psicólogos, se nos ha tildado en muchas ocasiones de colectivo proclive al etiquetaje de las personas. No injustamente, lo admito, y es que durante muchos años, la psicología ha estado ocupada y preocupada en poder establecer un diagnóstico del individuo para así poderlo comprender y tratar de la mejor manera posible. No en vano, la mejor caricatura aplicada a nuestro gremio viene siempre caracterizada por el personaje que recurre con demasiada frecuencia a los resultados de los tests psicológicos para poder establecer un diagnóstico final de su paciente (sin olvidar la mítica escena en la que el pobre paciente, tumbado en el diván, debe responder a aquello de «hábleme de su infancia…»). Como toda caricatura, no hace más que ridiculizar aquellos aspectos que se nos consideran más propios. Otra cuestión es que, siendo propios en ocasiones, sean los adecuados.
Los que me siguen en esta sección semanal sabrán que me he pronunciado en numerosas ocasiones en contra de los instrumentos psicológicos de evaluación como herramienta indispensable (que no innecesaria) para poder tipificar un problema y así dirigir la acción terapéutica en una determinada línea, porque, en la mayoría de los casos, los efectos de la tipificación son mucho más perniciosos que provechosos para el paciente. Andrea Fiorenza, psicoterapeuta y escritor italiano, lo describe brillantemente con sus palabras: «Los diagnósticos psicológicos influyen tanto en la persona diagnosticada como en los demás y actúan igual que una profecía que se cumple, es decir, como una suposición que, por el único motivo de haber sido expresada, hace que el hecho, presunto, esperado o predicho, se haga realidad, confirmando de este modo, su propia veracidad. Así, por ejemplo, quien supone que los demás le desprecian, asume un comportamiento enojadizo, inconstante y receloso, con lo que suscita en los demás precisamente esa frialdad que, a su vez, se convertirá en la prueba del fundamento de su convicción».
Lo mejor de todo es que los psicólogos sabemos que estos efectos han sido probados por experimentos que corroboran el efecto de las llamadas «profecías». En el momento en que establecemos un diagnóstico, arrojamos sobre él una serie de expectativas que confirmen y corroboren nuestra etiqueta, de manera que lo tratamos en esa dirección, y los efectos esperados no siempre son positivos.
En 1972 los psicólogos Rosenthal y Jacobson lo pusieron de manifiesto en un experimento. En una escuela de California, se informó a los profesores que sus alumnos habían pasado una prueba para medir su cociente intelectual a fin de poder establecer cuáles de ellos obtendrían mejores resultados académicos a lo largo del curso escolar. Se les proporcionó a los maestros una lista de los alumnos más dotados (obviamente, no se les había pasado ninguna prueba y lo único que pretendían observar los investigadores era ver hasta qué punto su profecía acabaría cumpliéndose). ¿Se lo imaginan? Al acabar el año se pudo comprobar que, efectivamente, los alumnos etiquetados como brillantes obtenían mejores resultados. No fue magia: los maestros, simplemente, se limitaron a generar expectativas y actuar en consonancia: los alumnos etiquetados recibieron más estimulación y atención por parte de los docentes, lo que acabó por mejorar sus resultados académicos.
Ustedes pregúntense cómo se comportan ante quien consideran de una determinada manera porque probablemente su evaluación parta de las expectativas que han depositado sobre él, más que de la propia naturaleza e idiosincrasia de la persona en cuestión. Nos lo advertía Thoreau, escritor y pensador del siglo XIX: lo que un hombre piensa de sí mismo, esto es lo que determina, o más bien indica, su destino. Imagínense lo que ocurre con lo que pensamos de los demás.