A lo largo de la historia de la humanidad son varios los conflictos que han tenido como origen la rebelión contra la autoridad. Los seres humanos respondemos bastante mal al autoritarismo y, sobre todo, a las restricciones impuestas propias de quien aplica la ley del «ordena y mando». Estos días todos hemos leído la decisión tomada por una comisión parlamentaria francesa que, tras seis meses de debate, ha sentenciado que el burka va «en contra de los valores de la República» y anima al Parlamento galo a prohibir su uso en la red de servicios públicos del país. Una ley sobre la que no me voy a pronunciar, pues no es el objetivo de este artículo, pero que, curiosamente surge del mismo país que durante el mayo del 68 y la celebración de un divertido carnaval proclamó a los cuatro vientos uno de los eslogan más emblemáticos del siglo XX: «Prohibido prohibir». Obviamente soy de la opinión que debería prohibirse, por poco atractivo que me resulte el término, cualquier acto, hecho o actitud que implicara un atentado contra la dignidad y los derechos humanos pero el análisis que planteo en estas líneas trasciende de la opinión meramente política o personal e intenta profundizar en la respuesta psicológica ante la prohibición.
¿Responde favorablemente la mente humana ante las prohibiciones?
Un estudio de la Facultad de Psicología de Granada, encaminado a la búsqueda de dispositivos más inteligibles que eviten accidentes de tráfico, señaló que los conductores suelen tardar más en responder (tiempo de reacción) ante una señal de tráfico de prohibición que ante una señalización de obligación. Es decir, que el tiempo que una persona tarda en pensar y procesar una obligación es menor que cuando trata de procesar una prohibición. Según Cándida Castro, del departamento de Psicología Experimental y Fisiología del Comportamiento de dicha facultad «la capacidad de la memoria humana es limitada, de ahí que cuando las personas se enfrentan a varias prohibiciones tienden a darles la vuelta, a plantear la situación en positivo y a valorar lo que es posible o permitido. Cuando nuestra memoria se sobrecarga tendemos a pensar en positivo, por eso captamos mejor aquellas señales que nos permiten o nos dicen dónde debemos ir». Da que pensar.
Desde el punto de vista antropológico, en cambio, parece necesaria la prohibición para poder evolucionar y la rebeldía en este caso, nos pasaría una costosa factura. De manera que, nuestra mente, necesita atender bien a las prohibiciones, en beneficio de nuestra propia supervivencia. Según el famoso antropólogo Levy Strauss, en un momento determinado se hizo altamente adaptativo el instaurar la prohibición del incesto porque como afirma el autor «es el proceso mediante el cual la naturaleza se supera a sí misma, esta regla opera por si misma, constituye el advenimiento de un nuevo orden». La desobediencia de la prohibición en este caso lleva a la desaparición de la familia y la sociedad. El coste de la rebeldía en este caso, parece ser alto.
Así es nuestra mente, en ciertas circunstancias parece ser muy desobediente mientras que en otras, se somete a la autoridad con auténtico servilismo (en el campo de la psicología los experimentos de Milgram nos dan un buen ejemplo. La historia, desgraciadamente, nos ha dado tristes muestras en aquellas ocasiones en las que se siguen a rajatabla las órdenes de quien decreta exterminar a millones de inocentes). Al fin y al cabo, lo que nunca se pierde es la libertad de elección, porque como decía el dramaturgo noruego Henrik Johan Ibsen pueden prohibirme seguir mi camino, pueden intentar forzar mi voluntad. Pero no pueden impedirme que, en el fondo de mi alma, elija a una o a otra.