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Parece haber pruebas y evidencias claras que apuntan al comportamiento altruista como conducta motivada por las gratificaciones que obtiene quien ayuda: la satisfacción personal, la evitación del sentimiento de culpa y la evitación de la angustia

27.01.10 - 00:41 -
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De vez en cuando la actualidad nos moviliza internamente y pone en marcha nuestros recursos de servicio a los demás. Llevamos varios días con el corazón en un puño cada vez que los informativos nos vuelven a mostrar las duras imágenes que ha dejado el terrible seísmo sufrido en Haití. Suele ser en estas circunstancias cuando nuestra voz interior nos lleva a sacrificarnos, dentro de nuestras posibilidades, en beneficio de los demás.
Hay quien decide enviar un sms cuyo importe se destina a la causa, hay quien escoge hacer dicho donativo a una ONG en particular y hay quien opta, de manera voluntaria, por prestar sus servicios in situ. Sea como sea, ciertas situaciones de emergencia desencadenan una respuesta altruista colectiva que suele durar lo mismo que duran, desgraciadamente, los titulares o las noticias referentes al desastre. Haití, antes del seísmo, también necesitaba todas las colaboraciones que está recibiendo en este momento. ¿Somos altruistas por naturaleza o nos forzamos a serlo para calmar nuestras conciencias?
El término altruismo lo acuñó el filósofo francés Auguste Comte en el siglo XIX para hacer referencia a todo comportamiento voluntario encaminado a beneficiar a los otros y cuyo autor no obtiene beneficios personales inmediatos o externos. Mi pregunta es ¿no existe ningún beneficio para el que se comporta de manera altruísta? Permítanme que lo dude.
Si alguno de ustedes ha colaborado durante estos últimos días por la causa haitiana, reflexionen un momento sobre lo que han sentido o pensado tras hacerlo. Posiblemente, satisfacción sea la palabra más adecuada: creían estar haciendo lo que debían, puesto que hay personas que en estos momentos lo necesitan. Eso les hace sentir buenas personas y bien consigo mismo. He aquí el beneficio propio que se obtiene cuando uno entrega de manera voluntaria su servicio a los demás: la propia satisfacción.
Pero no nos engañemos, no es ninguna crítica, más bien es la constatación de que el altruísmo y la ayuda al otro son doblemente beneficios: alguien obtiene una recompensa fruto de nuestra conducta y nosotros nos sentimos mejor.
Sin embargo, hay muchas situaciones diarias que necesitan de nuestro comportamiento altruísta, a veces incluso más cercanas que las acontecidas a miles de quilómetros de nosotros, pero no respondemos de la misma manera. A veces ayudamos y a veces no; y eso ¿por qué? Desde la psicología social se ha intentado dar respuesta a esta paradoja. Según Bibb y Darley (1970) llevamos a cabo una conducta de ayuda ante una situación de emergencia dependiedo de una serie de decisiones, de manera que decidimos actuar o no dependiendo de nuestra percepción, de que procesemos la situación como una verdadera emergencia. Ahí los medios de comunicación determinan en muchas ocasiones la percepción de emergencia. En segundo lugar, parece ser que se hace necesaria la consideración de que nuestra responsabilidad es ayudar y ahí, de nuevo, el bombardeo informativo determina de nuevo nuestra respuesta. Además añadimos el juicio que hacemos del que sufre la situación de emergencia: ¿son personas semejantes a nosotrsos? ¿son personas que nos gustan? ¿son personas que lo merecen?
Parecen haber pruebas y evidencias claras que apuntan al comportamiento altruista como conducta motivada por las gratificaciones que obtiene quien ayuda: la satisfacción personal fruto de haber actuado como debía, la evitación del sentimiento de culpa y de pena (malestar provocado si no ayudamos) y la evitación de la angustia (la intranquilidad provocada por la no intervención). Ayudamos entonces porque buscamos el beneficio de los demás pero también el propio. Actuamos por empatía hacia los sentimientos ajenos y los propios. Parece que todo son ventajas, porque como decía José Martí, político y escritor cubano ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad.
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