Hace apenas unas horas que habéis partido de nuevo a Oriente con lo cual no volveréis a aparecer por aquí hasta dentro de un año. Quizá haya sido éste un año más fácil para vosotros, pues la dichosa crisis no deja el horno para muchos bollos y vuestros sacos habrán sido mucho más ligeros que en ocasiones anteriores. Me gustaría, antes de que andéis demasiado lejos, enviaros mi carta personal para que, en caso de tener unas horas antes de llegar a vuestro destino, me podáis hacer un pequeño favor: repartir algunos regalos más, en forma de mensajes.
Me gustaría que entregarais cierto optimismo a todo aquel que sigue creyendo que detrás de cada oportunidad sigue habiendo una calamidad. Entregadles un paquete donde se puedan leer bien claro tres mensajes fundamentales: la causa de los problemas se debe a circunstancias superables; los malos momentos son inestables, de manera que no duran eternamente y no hay que abandonarlo todo si falla algo en particular.
En segundo lugar, os agradecería la entrega de ciertas etiquetas para poder pegarse en la frente en las que se pudiera leer: me acepto. Entregad esta dosis de aceptación a todo aquel que durante este año se haya olvidado de dedicar tiempo para el autoconocimiento, de evaluarse de forma positiva, de considerar que los errores forman parte del aprendizaje y, en la mayoría de los casos, del pasado. En definitiva, a quien haya olvidado desarrollar todas sus capacidades y recursos, creyendo que ni siquiera merecía la pena intentarlo.
El tercer regalo es para todos los que están sufriendo. Entregad el presente envuelto en el mejor de los papeles porque cuando lo desenvuelvan deben encontrar las palabras de apoyo de todos cuantos les rodean pero también el mensaje de que seguir huyendo del sufrimiento es empresa inútil. Dadles así una buena entrega de afrontamiento. Que el regalo les sirva para recordar que sólo podrán salir del sufrimiento si lo experimentan y aceptan porque es la mejor forma de mirarle a la cara y empezar a actuar para combatirlo.
Una bolsa bien alegre y jugosa, como si de golosinas se tratara, para todos aquellos que piensan demasiado. Dentro de ella deben encontrar tiempo para poder evadirse, disfrutar de todo aquello que solían hacer y han dejado de hacer. De manera que la mayoría de problemas que han causado, fruto de su hiperreflexividad, se convierta en alternativas positivas de cambio y reflexión adaptativa. Que piensen pero que actúen. Que no se dejen la segunda parte de la fórmula.
Por último, y no escatiméis en tiempo ni papel, dejadnos una buena dosis de motivación para el cambio. Que nos quede bien claro que dentro del regalo está la responsabilidad de cada uno de nosotros para ser dueños de nuestras vidas y cumplir nuestros sueños. Que cada vez que lo veamos nos neguemos a seguir escudándonos en compromisos inútiles o en la falta de tiempo. A ver si de una vez por todas nos convencemos de que todo lo que hacemos depende en gran medida de nuestras decisiones, que no de nuestras condiciones. Éstas últimas no son más que barreras autoimpuestas.
Dejadnos al menos un año de prueba y cuando volváis, si no hemos hecho mucho caso, no tendréis más remedio que dejarnos una buena dosis de carbón, aunque esto último, desgraciadamente, lo sabemos hacer todos muy bien durante todo el año.
Muchas gracias por todo y feliz viaje de vuelta.