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LA PLUMA Y EL DIVÁN

Sanción social

03.01.10 - 00:28 -
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Entre la marea de sentimientos que somos capaces de albergar en nuestra conciencia, la de ser ciudadano es una de las de mayor honra, aunque a muchos mequetrefes se les olvide y se pongan en la piel del bárbaro. No me refiero únicamente al ciudadano por ciudadanía, también integro a aquel que se vanagloria de ser hombre bueno, lo que en otros tiempos y mismo lugar se reconocía y apreciaba como el gran mediador en los conflictos y el alma cándida de los desastres cívicos. En la guerra de valores individuales y sociales en la que estamos inmersos se van deteriorando los conceptos de educación, integridad, honor, patria, civismo, y otros muchos anexados a estos que pierden vigencia y perentoriedad. Rescatar este tipo de valores, que en principio nos pueden parecer vetustos y rancios, se impone en la sociedad del hoy y del mañana como uno de los mejores remedios para facilitar la convivencia, volviendo a conciliar la razón con el saber ser y el saber estar.
La España actual de prohibiciones gubernamentales, donde se promulgan e inventan leyes hasta para poner el despertador, necesita un giro hacia lo que podríamos denominar 'educación natural', el caldo de cultivo de fundamentos cívicos que se basan en el proceso natural de convivencia entre seres racionales, sin necesidad de que la justicia intervenga constantemente hasta el punto de que se encuentre permanentemente colapsada, como es el caso. Años atrás, no muchos, actuaba como 'educación natural' lo que se ha dado en llamar desde la sociología y la psicología 'sanción social', un concepto aglutinador de componentes que normalizan el comportamiento colectivo y cuyo fin último es el de ejercer un control social de las acciones de los demás, arropado por las normas que toda la sociedad en su mayoría acepta como adecuadas. Desde esta plataforma de sanción no jurídica, podríamos actuar como moderadores de los valores y sus consecuencias, sin necesidad de recurrir a la legislación como única medida coercitiva.
Hoy, la masa crítica vuelve la cabeza ante hechos de reprobación social de un buen número de conductas incívicas, que tienden a arruinar una sana relación entre vecinos. Son tantas y tan abrumadoras las posibles acciones, que no podría hacerle frente ni una brigada 'anticivismo' especialmente entrenada para ello. Las calles se van convirtiendo en un vertedero de maleducados que bregan por descollar entre ellos mismos como los más horteras e indecentes, al reflejo de muchas de las escenas que ven diariamente entre la basura televisiva, que crece al mismo son de la calle. Sin sanción social que regule las meadas callejeras; el botellón que irrita al personal y los hace zozobrar a ritmo de bramidos descontrolados que impiden la paz y rompen el sueño de los currantes mañaneros; el arrojo de todo tipo de objetos a la vía pública sin el menor de los recatos, con el convencimiento de que le dan trabajo a los empleados municipales de limpieza; la televisión a toda pastilla a altas horas de la madrugada fomentando el insomnio de los que no lo persiguen; las broncas en cualquier rincón de la ciudad que últimamente acaban peor que el rosario de la aurora; la huraña provocación de los pasados de rosca que encima pretenden desafiar al primero que se topan en su camino; mal nos va y peor nos irá.
Muy lejos han quedado los días donde un ciudadano cualquiera de este país se encaraba ante un comportamiento reprobable, cuando se veía a un menor fumando o bebiendo; a un descerebrado de pacotilla despellejando a improperios al anciano desvalido o al chulo de turno maltratando a un animal. Muchos hechos recientes desvelan un insano tufillo a desvergüenza ante la sanción social, echando por tierra la más mínima coherencia cuando un lanzado paladín se enfrenta a un desalmado que pega a su pareja pública y notoriamente, siendo él quien acaba hospitalizado además de vilipendiado por la propia víctima, la misma que persigue fama y dinero a costa de las desgracias de su defensor anónimo. Ser ciudadano se está convirtiendo en un auténtico milagro, porque además de arriesgar el pellejo puedes acabar pareciendo un badulaque.
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