Desde bien pequeños se nos ha educado en la importancia que tiene la observación de nuestras conductas por parte de los demás. Hasta tal punto que no nos resulta nada extraño cuando una madre, con la mejor de las intenciones, suelta algo así como «Uy, qué dirán los niños en el cole si ven que no te comes toda la merienda» o «a ver qué dirán tus profesores si ven que no haces los deberes». De manera que ya desde bien pequeños asumimos que somos observados y juzgados por nuestros comportamientos y que si no son socialmente deseables, seremos duramente reprochados por ello. Lo que se ignora es el daño psicológico que este tipo de educación puede tener para el individuo en un futuro pues, lejos de mejorar su competencia como pudiera parecer, puede llegar a paralizar y coartar su libre expresión por miedo a lo que puedan pensar o decir los demás.
Hay un cuento que refleja de manera muy visual y poética el peligro que corremos al determinar nuestro propio comportamiento de acuerdo con los comentarios y la observación que los demás hacen de él. Cuenta la historia en la que una familia compuesta por padre, madre, hijo y un burro deciden viajar para conocer mundo. En su periplo pasan por cinco pueblos diferentes. Pronto se dan cuenta de que, por cada uno de los pueblos por los que pasan, suscitan comentarios acerca de su manera de viajar y en virtud de lo que van oyendo (en cada una de la distintas combinaciones eran duramente criticados por los aldeanos), deciden cambiar su estrategia (en una ocasión el niño va sobre el burro, en otra es la madre quien viaja sobre el animal, en otra ocasión madre e hijo deciden ir a pie mientras el padre se sube a sus lomos; en una tercera, a la vista de los comentarios, deciden subirse los tres y finalmente acaban por ir todos a pie mientras el animal les sigue a su lado. Comentarios del tipo «fíjate tú qué padre más desalmado, dejar que su mujer y su hijo vayan a pie», «vaya panda de bestias, subidos todos encima del lomo del pobre animal», «menudo hijo desconsiderado, dejando que sus padres mayores vaya a pie» y hasta un «mira que son tontos, teniendo un burro y van todos a pie».
La moraleja no puede ser menos clara: hagas lo que hagas siempre habrá quien considere que no es lo correcto o que se podría hacer de otra manera. De manera que sirve de muy poco preocuparse por lo que puedan pensar o decir los demás si, al fin y al cabo, siempre dirán algo. Lo triste es que nuestro comportamiento llegue a depender de sus comentarios porque entonces caemos en las fauces de un lema vital muy peligroso: el qué dirán.
Naturalmente, es importante tener en cuenta los comentarios ajenos ya que en muchas ocasiones nos puede resultar de gran ayuda pues nadie pone en duda que cuatro ojos ven más que dos pero otra cosa muy distinta es agobiarnos por lo que puedan llegar a decir porque esa preocupación excesiva coarta nuestra libertad de expresión. Partiendo de la base de que ninguno de nosotros podemos evitar que los demás piensen y opinen libremente sobre nuestros propios comportamientos, de nada sirve preocuparse excesivamente por ello. Lo peor de todo es la cantidad de oportunidades que muchas personas pierden al agobiarse en exceso por ello.
Llevado un extremo se convierte en una auténtica distorsión cognitiva según la cual la persona tiene una necesidad extrema de ser aprobado por los demás. Y es un pensamiento irracional porque como dice el psicólogo Ellis, es una meta inalcanzable ya que es prácticamente imposible agradar a todo el mundo. Lo único que se consigue es aumentar las dosis de inseguridad personal. Una posible alternativa reside en el hecho de buscar la aprobación y por sus propios hechos y, en el fondo, el no ser considerado y admirado por los demás, lejos de ser una auténticas catástrofe, no es más que una realidad, quizá un tanto frustrante, no nos engañemos, pero un echo absolutamente real. De nada sirve pensar en exceso acerca por lo que los demás puedan pensar o decir de mí porque, como decía Molière, «si poseyeseis cien bellas cualidades, la gente os miraría por el lado menos favorable».
Sònia Cervantes es psicóloga y terapeuta sexual.