Si hay algo que caracteriza nuestro tiempo y nuestra cultura es la prisa. Tanto es así que, para muchas personas, ver cómo se hacen las cosas lentamente es motivo suficiente para incrementar sus niveles de ansiedad. Es la era de la aceleración, de la rapidez, del «aquí y ya», sin tiempo que perder. No es de extrañar, en estas circunstancias, que en los momentos críticos de nuestra existencia nos paremos a pensar en la cantidad de momentos que, paradójicamente, hemos desaprovechado en favor de la rapidez. Quizá hubiera valido la pena perder el autobús por habernos quedado ensimismados mirando las curiosas formas que adoptan las nubes; o seguramente nos hubiera ido estupendamente sentarnos unos minutos en el banco del parque al mediodía. Pero no, perder el autobús y no llegar a hacer la compra se convierten en la verdadera clave de nuestra existencia. Y así vamos, día tras día, intentando llegar a todo en la menor brevedad de tiempo. Y así nos va, claro. Nuestra obsesión por el aprovechamiento del tiempo hasta sus últimas consecuencias nos pasa una costosa factura. Voy a intentar que, al menos durante los minutos que dura la lectura de estas líneas, reflexionemos sobre la necesidad de reivindicar la lentitud como un estilo de vida mucho más sano y apacible. Vamos a valorar la necesidad de hacer las cosas más despacio para poder comprobar que, de este modo, es más probable que encontremos nuestro apreciado y olvidado equilibrio interior.
En abril de 2007 varios periódicos de todo el mundo publicaron una noticia que dejaba bastante claro hasta qué punto perdemos de vista lo verdaderamente esencial en nuestra lucha incansable de ganarle segundos al tiempo. El rotativo Washington Post quiso realizar un experimento que pusiera de manifiesto si en nuestra ajetreada vida tenemos tiempo para la belleza. Para tal hazaña contactó con Joshua Bell, uno de los violinistas más prestigiosos del planeta. El músico se situó en una estación de la ciudad americana, durante la hora punta, y se dedicó a acariciar su Stradivarius a ritmo de Bach y Schubert. Resultado: nadie se detuvo. Durante tres cuartos de hora pasaron por delante de él más de mil personas con prisa. Con tanta prisa que ni siquiera se percataron de la maravillosa acústica que inundaba el vestíbulo de la estación. Sólo una mujer, entre mil personas, se detuvo al reconocer al violinista. Resulta cuanto menos asombroso, por no decir triste, muy triste. Les invito a que busquen las imágenes del experimento en la red y se queden atónitos ante la impasividad de quien vive en su mundo, a lo suyo, con prisa, sin prestar atención a los pequeños y a veces grandes detalles que se sitúan a escasos metros. Una auténtica pena.
No me queda más que invitarles a la calma, a cierto aire 'Slow' (corriente cultural que promueve la calma en nuestra vida). Hacerles reflexionar sobre las ventajas de desacelerar los ritmos y a ser muy conscientes de la importancia del tiempo, no tanto en su economía como en la plena conciencia de saber invertir bien en él. Pararse a escuchar las notas de un violín en plena hora punta resulta un buen ejemplo.
Carl Honoré, periodista escocés, nos lo explica brillantemente en su libro 'Elogio' a la lentitud. Nos alerta sobre la urgencia de un cambio de mentalidad para recuperar el bienestar interior: «Vivimos en la era de la velocidad y tanto el cuerpo como la mente nos recuerdan constantemente que el ritmo de vida gira vertiginoso, descontrolado. El precio que pagamos por someternos al tiempo, a las urgencias, es muy alto. Esta obra rastrea la historia de nuestra relación cada vez más dependiente del tiempo, y aborda las consecuencias y la dificultad de vivir en esta cultura acelerada que hemos creado. La filosofía de la lentitud puede resumirse en una sola palabra: equilibrio. Las personas descubren energía y eficiencia allí donde menos la habían esperado: en el hecho de hacer las cosas más despacio». Un buen regalo para Navidad y una estupenda filosofía de vida, ¿no creen?
Sónia Cervantes es psicóloga, terapeuta sexual y de pareja.