Según la Real Academia Española, llamamos leyenda a la relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos. Y sobre esta base construyen muchas parejas la idealización de su vida sexual poco antes de iniciar la convivencia. De novios, anhelan un espacio propio, íntimo, sin intrusiones, donde poder dar rienda suelta a sus pasiones. Un lugar distinto a la habitación contigua a la de sus padres en el domicilio familiar, al asiento trasero del coche, a una habitación de hotel fría e impersonal, en definitiva: desean ardientemente tener su propia casa para convertirla en un paraíso de sexo y pasión. Pues bien, la leyenda se acaba pronto y la mayoría asisten, cuanto menos desengañados y decepcionados, al declive de la frecuencia sexual y con ello al fin de la maravillosa historia de pasiones que construyeron de antemano. Es cuando empiezan a preguntarse si es normal ese declive y hasta qué punto la convivencia puede llegar a convertirse en el peor de los enemigos de su sexualidad.
Pero no se asusten, es absolutamente normal que la frecuencia sexual sufra un bajón cuando uno decide formalizar su relación y construirla bajo el mismo techo. Si hubo pasión, volverá. Suele producirse un estancamiento, una rutina, una monotonía que eran casi inexistentes durante la época en que la pareja sólo se podía ver esporádicamente y además, se une un proceso natural según el cual la accesibilidad al estímulo lo hace menos atractivo sexualmente (sin que deje de serlo del todo). Esta pérdida mutua de interés se convierte en un obstáculo que sólo tiene fácil solución desde la comunicación, el amor, el tiempo y la paciencia.
Cuando la pareja se estabiliza y decide compartir su vida añade nuevas responsabilidades que no estaban presentes cuando cada uno de ellos vivía en el domicilio familiar de origen. La hipoteca, los gastos, los hijos, las tareas de la casa y el estrés asociado a todo ello no contribuyen mucho al erotismo y la pasión. Es por ello que la pareja debe esmerarse en hacerles un hueco. Cuando eran novios, todos los esfuerzos iban encaminados a la seducción y a la búsqueda de tiempo que poder compartir con el otro, avivando así la llama de su deseo. Ahora, en cambio, los nuevos proyectos y las preocupaciones ocupan una buena parte de su tiempo ya que se les atribuye toda la importancia a la hora de mantener la estabilidad de la pareja; de este modo, las muestras de afecto y cariño ya no son tan importantes y sin ellas, difícilmente se puede gozar de una relación sexual plena y satisfactoria. Otro error frecuente es, en un intento de arreglarlo, asignar al sexo un papel importante en cuanto a asunto pendiente, algo así como hacer la compra o limpiar la casa. Ambos entienden la importancia del vínculo sexual y al ver que éste decrece intentan restaurarlo asignándole el papel de una tarea más. Error: convierten la expresión natural del placer en un deber y, paradójicamente al hacerlo, van disminuyendo su deseo de manera progresiva.
Helen Kaplan, prestigiosa terapeuta sexual, señala que sólo hay tres elementos capaces de actuar como afrodisíacos en la pareja: el tiempo, la fantasía y el amor. De manera que si se quedaron tras la puerta del domicilio conyugal, se les debería ceder el paso de nuevo. Busquen tiempo, no tanto para hacerlo, como para propiciarlo. Y no escatimen esfuerzos en ello: relájense juntos, ríanse, seduzcan a su pareja como si fuera la primera cita, preparen sorpresas y luchen activamente contra la monotonía y la rutina. Rescaten el deseo, pues hablando de pasiones, me acuerdo de las palabras de Samuel Beckett cuando afirmaba que no hay pasión más poderosa que la pasión de la pereza. Y no creo que la leyenda que construyeron hablara de este tipo de pasiones precisamente.