Zas! Menuda preguntita. Les debo confesar que cada vez que un paciente me lo pregunta, desde la desesperación, intento que mi lenguaje no verbal no me delate pues siento lo mismo que si me acabaran de preguntar que dónde se esconde el Santo Grial. Esperan la respuesta de una profesional en el ámbito de la pareja y las relaciones entre hombres y mujeres (que para más inri es mujer) como agua de mayo para la cura de todos los males en su pareja. Y entiendo la importancia de la cuestión, pues sin ningún género de dudas les puedo asegurar que el desconocimiento de las necesidades mutuas es, en innumerables ocasiones, fuente de muchos conflictos relacionales entre las parejas. Mi respuesta todavía les deja más perplejos: «¿Se lo has preguntado alguna vez?». Sus cejas arqueadas y sus labios fruncidos me responden.
Quien me sigue sabe que no soy nada partidaria de las generalizaciones y de los diagnósticos grupales o sectarios, sobre todo en cuestiones de género. Así que, antes de entrar en materia, permítanme que les diga que la que escribe estas líneas siempre ha creído que las necesidades y diferencias vienen marcadas por la naturaleza del individuo, independientemente de los órganos genitales que tenga entre las piernas. Si bien es cierto que hay ciertos aspectos que son más propios de un género que de otro, en la mayoría de los casos casi todo viene explicado por la personalidad y naturaleza psicológica del individuo.
En términos generales podría decirse que la mujer necesita básicamente ser escuchada, entendida y valorada (ahí es nada) mientras que un hombre sueña con la aceptación de su pareja sin que ella intente cambiarle «para mejor», que para madre ya tiene una.
Tras esta generalización (repito, reduccionista por definición pues las necesidades siempre son individuales) se esconden muchos malentendidos y desacuerdos en la pareja. No es de extrañar que en esta situación vengan algunas parejas a mi consulta presentando uno de los cuadros más típicos en cualquier despacho de un terapeuta de pareja: «No entiendo a mi mujer. No sé lo que quiere. Haga lo que haga todo está mal», a lo que ella suele responder: «No me siento valorada ni comprendida en esta relación». De ahí la desesperación del pobre hombre que acaba por realizar la preguntita del millón. Y ahí tenemos el conflicto: la falta de comprensión del otro, el desconocimiento de las necesidades mutuas y si tenemos en cuenta que, como afirma John Gottman, profesor de psicología de la Universidad de Washington y gran teórico del estudio de la pareja, «la mujer, que es por constitución más capaz de enfrentarse a la tensión, saca a la colación algún tema peliagudo; el hombre, que no es tan capaz de enfrentarse a ello, intenta evitar el tema. Puede ponerse a la defensiva o evadirse o incluso tornarse beligerante o despectivo en un intento de silenciar a su mujer», pues ya la tenemos liada. Lo mejor del caso es que en esta dinámica van pasando los años hasta que la saturación y la insatisfacción entran por la puerta y uno, o ambos, explotan.
No es fácil responder a la pregunta pero sí que lo es formulársela a la pareja. En este sentido, les mando deberes para casa. El trabajo a realizar es sencillo: preguntaros mutuamente qué necesitáis en el seno de la pareja y transmitir al otro cómo podría llegar a satisfacer vuestras necesidades. Primero lo escriben, después lo comparten, lo interiorizan y finalmente lo ponen en práctica. Gottman llama a este ejercicio Dame una pista. Según el psicólogo norteamericano, este ejercicio «puede ayudar a la pareja a determinar acciones concretas que cada uno de ellos puede llevar a cabo para satisfacer las necesidades del otro. La idea es eliminar la necesidad de hacer conjeturas o leer el pensamiento. De este modo, ya no tienen por qué sentirse desorientados con relación a cómo responder al otro». Si algún hombre se ha sentido identificado con la pregunta que encabeza el presente artículo, tome nota, las instrucciones son sencillas: atrévase a hacerle la pregunta directamente a su mujer y pídale que le enseñe el camino, a modo de pistas. Usted haga los mismo, ábrase y exprese con naturalidad sus necesidades, añadiendo información de cómo podrían verse cubiertas. Incluso es posible que se de cuenta de que, en el fondo, necesitan las mismas cosas, porque como dice mi querido amigo y colega Antoni Bolinches las personas no somos iguales a nadie y semejantes a todas.