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La caída del muro

11.11.09 -
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Durante estos días estamos asistiendo a la celebración del vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín, acontecida el 9 de noviembre de 1989. El levantamiento de la vergonzosa pared separó a miles de personas, no sólo físicamente, sino afectivamente a un lado y otro de la ciudad alemana. Son muchas las historias de familias, parejas y amigos separados por la infamia construida con la mano del hombre. Algunos incluso, en su lucha en favor de la libertad, llegaron a perder sus vidas. Afortunadamente hay muros que pueden derrumbarse a simple golpe de maza, a pesar de que sus efectos devastadores puedan prolongarse durante décadas. Hay otros no tan fáciles de derribar porque son levantados por uno mismo.
Los psicólogos estamos muy acostumbrados a lidiar con este tipo de construcciones limitantes, paredes que nuestros pacientes de manera simbólica levantan, ladrillo a ladrillo, con sus propias manos. Puede resultar paradójico que uno mismo pueda llegar a tapiarse, pero ocurre. Y sucede porque no hay intencionalidad a la hora de recluirse tras una pared pero sí que existe, de manera inconsciente y en favor de la supuesta felicidad y de la evitación del sufrimiento, la firme decisión de construir una fortaleza que pueda proteger de todo mal. Lo peor es que uno acaba convirtiéndose en reo de su propia cárcel.
Esa falta de libertad en sus acciones y muchas veces en sus emociones y pensamientos, les lleva a la búsqueda del mazo o la llave mágica que derrumbe el muro o abra la reja. En estas condiciones se llega, en muchas ocasiones, a la consulta de un psicólogo.
Y así llegó a mi consulta, hace unos años, un hombre encerrado en su propia prisión. Había dedicado tantos años y tanto empeño en levantar firmemente su propia fortaleza que se había olvidado de lo más importante: vivir. Aparentemente era un hombre de éxito dentro de su ámbito profesional e incluso familiar. Solía moverse por los mejores círculos de la sociedad barcelonesa, presumía de tener una larga agenda de contactos y de amigos, vivía en una de las mejores zonas de la ciudad y en casa las cosas parecían ir muy bien. Su dicha se vino abajo cuando tuvo que ser ingresado de urgencia en el hospital clínico de la ciudad condal con un diagnóstico serio y preocupante: infarto agudo de miocardio. Según me contó tras haber superado el episodio, los médicos llegaron a temer por su vida. Una vida rápida, intensa y corta con tan solo treinta y nueve primaveras a sus espaldas. Como buen luchador que era, decidió pasar del box de Urgencias a una habitación en planta y lo consiguió. Un día, mientras se recuperaba, recibió una visita que cambió drásticamente su vida. Una de sus hijas, la más pequeña, de tan sólo cinco años se le acercó, cogió un trozo de esparadrapo de la mesilla y se lo pegó en el pecho mientras le decía «te has roto el corazón, papá». No bastó nada más, ni siquiera el diagnóstico del cardiólogo. Semanas después, sentado frente a mí, dispuesto a derribar su muro y con los ojos empañados en lágrimas, me relataba como en un solo segundo se le aparecieron cada uno de los ladrillos que había ido amontonando a lo largo de décadas: «la vulnerabilidad es cosa de débiles», «o comes o te comen», «ya habrá tiempo para descansar», «mi familia debe estar segura y protegida», «eres lo que tienes», etc. Decidió armarse de valor, coger el martillo y empezar a desmenuzar cada una de las piedras que acabaron por «romper su corazón». Unos meses más tarde, cuando nuestra terapia hubo finalizado, leí en un periódico que había cerrado su empresa y se dedicaba a financiar proyectos de investigación médica. En la foto se le veía feliz. Esas navidades recibí una postal suya donde se podía leer: «Sobre ciertas ruinas se asientan los mejores castillos». A mi mente vinieron otras palabras: «Si el albañil es bueno». Y él lo fue. Una vez Karl Gustav Jung dijo: «La grandes renovaciones nunca vienen de arriba, sino siempre de abajo, al igual que los árboles nunca crecen desde el cielo hacia abajo, sino desde la tierra, a pesar de que su semilla cayó un día de arriba». Ya lo saben, hagan reformas.
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JESÚS FERRERO

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