A principios de los años 60, se calcula que entre 70.000 y 100.000 personas vivían en chabolas en Barcelona. Muchos de ellos formaban parte del gran movimiento migratorio que solamente a lo largo de los años 40 y 50 llevó a Barcelona a cerca de 400.000 personas procedentes de muchas zonas de España. En las ciudades la vivienda era cara y escasa, se construía poco y muchos de los recién llegados habían de recurrir al realquiler, viviendo muchas familias en un mismo piso. El barraquismo, que ya existía en Barcelona desde el siglo XIX, fue una de las respuestas a aquella crítica situación.
Barracas. La ciudad olvidada, película que llega hoy a la Sede capitalina de la UA con el ciclo El Documental del Mes es el relato en primera persona de las causas que llevaron a un grupo de personas (los protagonistas son una decena de personas) a emigrar de sus lugares de origen y las dificultades por las que tuvieron que pasar, en algunos casos durante décadas, hasta poder tener una vivienda digna.
El periodista Alonso Carnices ha dirigido junto a Sara Grimal este trabajo que surgió tras una primera entrega más corta para el espacio 30 Minuts de la TV3. Carnicer explica que siempre le ha interesado este tema, pero que aumentó cuando una exposición en Barcelona se inspiró en este fenómeno que ha tenido «un largo silencio». El director asegura que existe «una tendencia al olvido por parte de los propios barraquistas» y que cuando los Juegos Olímpicos acabaron con el barraquismo «la ciudad construyó una nueva imagen de sí misma en la que ya no encajaba esa otra ciudad».
La otra realidad
Carnicer reconoce que llegaron a ser 400.000 personas las que vivieron en estas condiciones lamentables, «porque la vivienda estaba cara, de una forma similar a la que ocurre ahora con los inmigrantes». Entonces se quedaban en casas de familiares y las que no, se conformaban con chabolas. Lo curioso es que formaban veraderos núcleos en los que existía «escuelas, tiendas» en una proporción mucho mayor que la que hoy se registra en las periferias de algunas ciudades. Se trataba ahora «de hacer visible ese mundo, buscando fotografías y sobre todo archivos muy difíciles de encontrar».
El origen era diverso.Habían viajado desde muchas zonas de España: Jaén, Albacete, Córdoba, Murcia, pero también del interior de Cataluña, huyendo de la miseria o de la persecución política de la posguerra.
Inicialmente, en Barcelona no encontraron otro sitio para vivir que cuevas y las frágiles casas que improvisaron con materiales encontrados entre los escombros, con maderas, piedras y barro. Los barrios de barracas fueron creciendo. En el litoral, construyeron sus casas de madera en la playa del Somorrostro y en el Campo de la Bota, un antiguo campo de tiro militar. En las colinas de la ciudad se formaron los múltiples barrios de barracas de la montaña de Montjuïc y del Carmelo. Pero también había barracas en lugares más céntricos, a veces al lado de grandes avenidas como la Diagonal, en una de las zonas ricas de la ciudad. Los chabolistas pasaron muchos años en malas condiciones, con el miedo de que les derribaran la casa en el tiempo en que se reprimía el crecimiento de las barracas, y expuestos a las inclemencias del tiempo, como los temporales de mar que arrasaban periódicamente las chabolas del litoral y que obligaron a centenares de barraquistas a pasar años refugiados en lugares como el estadio de Montjuïc..
Muchas de las barracas eran diminutas y apenas había lugar para echarse, pasaban frío y carecían de saneamiento y de los servicios más básicos. Poco a poco con su esfuerzo y su lucha fueron mejorando aquellas condiciones y se crearon escuelas o dispensarios.
Los que vivían en chabolas eran en conjunto gente trabajadora, que intentaba integrarse laboralmente en la vida de la ciudad y que sólo quería salir adelante. Al principio se toparon con la represión que quiso, infructuosamente, poner freno a la llegada de más inmigrantes. Luego, con el lento despegue económico, la demanda de mano de obra hizo que las autoridades cambiaran la actitud y se fue de la represión al paternalismo. Los antiguos chabolistas dicen que eran unos olvidados, que las autoridades preferían ignorar aquella realidad. La labor voluntariosa de algunas personas religiosas, médicos y los primeros trabajadores sociales suplía lo que la administración no hacía.
A veces barrios enteros se derribaban de la noche a la mañana para facilitar operaciones urbanísticas o para la celebración de grandes acontecimientos, como el Congreso Eucarístico Internacional de 1952. Entonces se construían con prisas viviendas para alojarlos, a menudo de muy mala calidad. En los años 60 se pusieron en marcha planes para construir vivienda social y poco a poco se fueron derribando barracas y trasladando a sus habitantes a polígonos. A menudo construidos en lugares de la periferia, mal comunicados y peor urbanizados. Era lo que se bautizó como «barraquismo vertical», un problema que ha tardado decenios en resolverse después de una larga lucha reivindicativa por parte de sus habitantes.
Memoria recuperada
En Barracas. La ciudad olvidada, la voz de los protagonistas y una gran cantidad de documentos audiovisuales (sobre todo las películas que rodaron algunos cineastas aficionados en aquellos lugares que no aparecían en los noticiarios) nos han permitido reconstruir cómo era aquella «ciudad olvidada». Olvidada porque lo fueron sus habitantes durante muchos años, y olvidada porque, una vez derribados los últimos núcleos de chabolas, la memoria de aquel tiempo se quiso borrar porque no era una historia muy lucida y tal vez no encajaba bien con la imagen de Barcelona como ciudad del diseño y del turismo. Pero muchos de los que vivieron en las chabolas, como nuestros protagonistas, creen que no hay que olvidar el pasado, y menos ahora que la vivienda vuelve a ser un grave problema para tantas personas.
Barracas. La ciudad olvidada nació como un reportaje para el programa de informativos de TV3 30 Minuts. Posteriormente, para el programa Sense Ficció, del Área de Documentales, se ha ampliado la investigación, se han añadido nuevos testimonios y se han hallado más materiales de archivo para ilustrarlos. El resultado es un documental con una duración de 75 minutos. «No pretende ser un análisis histórico sino un documento que, a través de la voz de los protagonistas, nos acerque a la experiencia de aquellos años», concluye Carnicer.