«Mi marido dijo que no quería conocer el rostro ni el nombre de la persona que lo contagió, pero yo no pararé hasta conseguirlo». Estas son las palabras de la viuda de uno de los fallecidos que se contagió de hepatitis C en el Hospital General de Alicante por supuesta negligencia de algún miembro del personal sanitario. Un error que «ha costado la vida a cuatro personas (en alusión a los hospitalizados en dicha planta fallecidos después) y que en la actualidad afecta a otras tres», indica María (nombre ficticio, al preferir la afectada mantener el anonimato).
«Recuerdo el momento en que nos dijeron que mi marido había reaccionado adecuadamente al tratamiento de quimioterapia al que fue sometido durante un mes por su leucemia. Tan sólo quince días después nos enterábamos de que algo había fallado. Fue la primera vez que nos plantearon que podía haber sido víctima de un contagio de hepatitis», relata la mujer.
María se muestra asombrada ante la manera de proceder del personal sanitario de este hospital. No entiende cómo es posible que en pleno siglo XXI se sigan produciendo cosas como éstas, que «destruyen vidas y familias enteras».
«A mi marido lo mataron, y no pienso conformarme con el informe emitido por los directivos del centro, en el que admiten que hubo un error pero que es imposible encontrar al responsable. Quiero que esa persona deje de trabajar inmediatamente y que pague por lo que hizo. Sinceramente, no creo que sea un error. Esa persona padece algún trastorno psicológico», prosigue.
La de su marido es una «muerte injusta». Cuando se dirigió a los directivos del hospital para que le dieran una explicación, le dijeron que el contagio se debiera posiblemente al mal uso del instrumental. «Le pregunté a la jefa de Enfermería si era posible que se hubiese empleado una misma aguja para siete pacientes. Y me respondió que todo era posible», rememora la denunciante.
La prueba de las razones por las que este paciente falleció en septiembre del 2008 se encuentra, según María, en el certificado de defunción, que refiere un coma hepático. Motivo suficiente para que la mujer no cese su lucha en busca de «justicia» ante la pérdida de «la persona que me hacía sonreír cada día», como ella define a su esposo.
Asegura que su marido confió en todo momento en los profesionales del hospital alicantino, pero unos días antes de su muerte pidió que se le practicase una autopsia para determinar los motivos. «Estábamos en La Fe de Valencia, y a pesar de que allí viví las peores sensaciones jamás imaginadas, cuando murió, le confesé a una enfermera que jamás volvería a poner un pie en el Hospital de Alicante. He perdido completamente mi confianza y mi respeto hacia ese centro».
Catorce meses después de peder a su ser más querido, María se encuentra esperando una indemnización del centro. Sin embargo, sólo desea que se localice al responsable del contagio.