El destino siempre esconde grandes historias en las zonas de más sombra. En junio del 2001, después de un año fantástico para el Jabones Pardo Fuenlabrada, Óscar Quintana decidió cambiar de base y prescindió de Pablo Prigioni. El cántabro se había fijado en un joven con mucho talento que acababa de descender con el Lucentum a la LEB: José Manuel Calderón.
Sin equipo, decepcionado, y con el cartel de cerrado por derribo en la conciencia, el base argentino sopesó la idea de regresar a Río Tercero para volver a empezar lejos de Europa. Andreu Casadevall, abatido, dejó el Lucentum y su lugar lo ocupó Julio César Lamas. El técnico bonaerense refundó el club y se acordó de Prigioni. Pablo recibió la llamada antes de subir al avión. El ex seleccionador de su país, tras abandonar el Tau, le rogó que diera marcha atrás, que confiara en él y que entendiera su concurso en la LEB como un mal necesario para hacerse grande.
No fue una decisión fácil, pero finalmente accedió. Comenzó así un periplo mágico que rescató al Lucentum del olvido al que estaba condenado, le devolvió a la élite y, no contento con eso, le permitió codearse con los mejores disputando la primera eliminatoria por el título de su historia, nada más y nada menos que frente al Barça.
El logro, tal y como le prometió Lamas, no pasó inadvertido y Dusko Ivanovic solicitó a Querejeta la incorporación inmediata de Prigioni al gigante vasco: el Tau Vitoria. Pablo se despidió de Alicante prometiéndole a sus más allegados que se retiraría del baloncesto profesional jugando un año en el CT.
Siempre que jugador y club cruzan sus caminos en Liga, hay alguien que le recuerda sus palabras y él se mantiene firme. «Lo dije y lo cumpliré», repite cada vez con su sonrisa eterna de jugón. De momento, ni se plantea abandonar. Tres Copas del Rey, una Liga y tres nominaciones como mejor base de la ACB avalan la progresión de un director de juego excepcional, un ejemplo de crecimiento personal que se cargó de razones en Alicante para mostrar al mundo lo que ahora es. Sin él, el basket en el CT no habría conocido la gloria a la que Poch dio otro giro de tuerca.
Prigioni y el Lucentum afrontan por separado el comienzo de una nueva aventura. De momento, bajo la tutela de Messina, Pablo se ha convertido en un jugador total que hace de todo y nada mal, que siempre suma, que no falla y que, como solía en Alicante, gana partidos con sus decisiones prácticas. San Juan continúa siendo su lugar de veraneo, con lo cual no hay motivos para dudar de la palabra de un genio.