Cuenta la mitología griega que Cronos, prevenido por un oráculo que le vaticinó que toda su descendencia intentaría arrebatarle el trono, decide acabar con cada uno de sus hijos según vayan naciendo para impedir que la profecía se cumpla. Simbólicamente, con todos los tintes típicos de cualquier tragedia griega, en este caso el tiempo acaba devorándolo todo irremediablemente, en su afán de evolución. El dios griego del tiempo, empuñando su hoz, acaba destruyendo a sus propios hijos y a las cosechas, preso del miedo, la tensión y la angustia; más o menos como quien acaba frustrado, estresado y abatido cuando, por culpa del paso irremediable del tiempo y su mala gestión, termina por morir simbólicamente antes de haber vivido. Y es que el tiempo, en cuanto a periodo de ocurrencia de nuestras propias vidas, requiere ser valorado, apreciado y estimado en toda su magnitud, de ahí la importancia de saber gestionarlo y administrarlo. En caso contrario, se convierte en el peor de nuestros enemigos y en la más temible de las amenazas.
Si les hablo de la patología del tiempo es probable que imaginen los efectos devastadores que su paso produce en cada uno de nosotros pero, más allá de las secuelas que pueda tener como elemento fundamental de medida en lo que a nuestra evolución se refiere, los síntomas psicológicos no obedecen al transcurro del tiempo en sí sino a la falta de eficiencia y de eficacia a la hora de saber discernir entre lo que es urgente y lo que es importante en nuestras vidas. El tiempo entonces, más que constituir una mera unidad de medida, se convierte en la variable que determina la toma de nuestras propias decisiones siendo éstas acertadas o no según administremos el compás que marcan las agujas de nuestro reloj.
Stephen Covey (autor de best sellers como Los siete hábitos de las personas altamente efectivas y Primero lo primero) ya nos advierte sobre la importancia del arte de saber manejar y administrar el tiempo como clave fundamental para el éxito en nuestras vidas, partiendo de la base que las actividades fundamentales son aquellas que dan sentido a nuestra propia esencia, a nuestro yo interior, clasificándolas en: urgentes (las que hay que hacer cuanto antes mejor porque son vitales para nosotros en un momento determinado); importantes (las que contribuyen a realizar una misión personal); no urgentes (todo aquello que podemos dejar para después) y no importantes (todo aquello que no está ligado con nuestras metas principales). La indecisión a la hora de clasificar nuestras actividades y el error que se comete al sobrestimar o subestimar la importancia de lo urgente y lo importante, se traduce en el malestar que provoca la falta de administración de nuestro tiempo. Dichos efectos se convierten en precipitación, fatiga o apatía tras muchas de horas perdidas en actividades no productivas, incumplimiento de ciertos compromisos, estrés, disminución de la autoestima y sensación de desbordamiento, entre otras.
La mayoría de técnicas orientadas a la gestión y administración del tiempo tienen en común tres premisas: establecer las prioridades que pongan de relieve las tareas más urgentes e importantes; realizar horarios realistas que eliminen las tareas de escasa prioridad y aprender a tomar decisiones. Así, eliminamos la tensión, el estrés y la ansiedad que provocan los compromisos y las prisas. Acostúmbrense a decir no a los aspectos menos prioritarios de su vida, márquense objetivos a corto plazo, asumibles y realistas; incluyan un pequeño espacio para posibles imprevistos y destinen momentos a lo largo del día para poder descansar. No les aseguro que el tiempo se detenga pero les prometo que aprenderán a saborearlo y a sacarle el mayor de los partidos y esta tarea sí que es urgente e importante pues como decía Bejamin Franklin si el tiempo es lo más caro, la pérdida de tiempo es el mayor de los derroches. Y no están los tiempos para ese lujo.
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