Malas vibraciones tras el espejismo de la primera jornada, donde la victoria fue capaz de tapar todo lo demás. Pero la realidad tiene la fea inercia de reclamar su cuota de protagonismo y el discurso de la lucentina no es precisamente optimista. Segundo correctivo en menos de cinco días ofreciendo prestaciones casi idénticas. Es verdad que subió un par de puntos la tensión defensiva de inicio, pero duró lo que mantuvo Quintana al quinteto titular el pista.
El técnico del Meridiano mandó un recado claro a dos de sus estrellas: Vule Avdalovic y Mario Austin. Dejó a ambos en el banquillo y dio el protagonismo a Pedro Llompart y Martynas, que compartieron minutos en pista con Urtasun, Stojic y Katelynas.
Los números cuadraban, pero la sensación en el CT era bien distinta. Ivanovic parecía consciente de que adquirir una ventaja casi definitiva, frente a un bloque desdibujado y sugestionado por una extraña prisa, sólo precisaba de un corto espacio de tiempo. Diez minutos fue capaz el Lucentum de contener el innegable talento baskonista: 20-20.
El reloj de precisión suiza que marca de los descansos de cada cual en el Meridiano dio la señal preceptiva y los dos lituanos se fueron al banco a presenciar un desenlace tan previsible como nefasto. Con Mario Austin y Guillermo Rejón en la pintura se resquebrajó la defensa, el aro bajó un metro y el Tau lo perforó sin misericordia ninguna: 27-47, o lo que es lo mismo, 7-27 de parcial. Punto final.
El traslado a los vestuarios resultó un desfile de almas sin mucha fe en la proeza. Enfrente estaba el Caja Laboral. Remontarle 19 puntos a un habitual de la Final a Cuatro de la Euroliga es mucho más difícil que aceptar que el Nobel de la paz de Obama está bien merecido.
El discurso de Quintana no se excedió y el capitán volvió a la pista antes que cualquiera, el primero, solo y con cara de pocos amigos. El preparador cántabro dio continuidad a Austin y el talento siguió dormido: 34-53. El pívot de Alabama se fue al banco y el desequilibrio menguó sobremanera. Llámenlo casualidad, o simplemente baja forma, pero lo cierto es que el Lucentum sacó la cabeza sin el norteamericano en pista: dos triples consecutivos tras dos buenas defensas rebajaron la desventaja: 45-58.
El impulso insufló ánimos a la grada, hasta ese momento indecisa, sin saber bien si reír, si gritar o simplemente marcharse a casa para no pillar atasco. Dos cestas más desde el 6,25, una de Stojic y otra de Avdalovic, rompieron la psicológica barrera de los 10 puntos: 51-60.
Había ganas de soñar, de recordar instantes mágicos pretéritos, otras épocas de utopías derribadas, de... Y mientras el imaginario colectivo se perdía entre nostalgias almibaradas, la cadena de errores que condenan al proyecto se acumulaban de forma violenta. Una bandeja fallada, un balón botado en el pie, tres segundos en zona y al cuarto viaje, mazazo: Teletovic se cuadró y enchufó un triple con aspecto de cerrojo.
Entonces se produjo un episodio que conviene no pasar por alto. Quintana, cuando su equipo aguantaba a duras penas las ráfagas vitorianas perfectamente dibujadas por Pau Ribas -cerebro de gran talento- pidió cambio, sentó a Martynas y ordenó entrar a Mario Austin. El clamor fue global y rotundo. Pitada monumental en contra de la decisión.
A esas alturas ya nadie creía en el milagro. Splitter certificó con gesto relajado la derrota alicantina. El Proaguas de Casadevall, hace casi una década, le hizo 58 puntos al Tau. El dato, cuando menos, inquieta. Andrés Montes se preguntaba siempre por qué los jugones sonríen igual, así que vayamos más allá: ¿Por qué nadie sonríe en el Lucentum? Descansa en paz, crack.