Se cumple hoy el 75 aniversario de la muerte de Santiago Ramón y Cajal, efemérides que ha pasado desapercibida salvo los actos organizados a lo largo de este mes en el municipio oscense de Ayerbe, donde viviera desde los ocho años hasta su traslado a Zaragoza una década después, y alguna que otra conmemoración en el ámbito universitario.
La figura científica y humana de un hombre excepcional, el único español que ha logrado el Premio Nobel de Medicina (1906), si exceptuamos a Severo Ochoa que lo consiguiera, ya nacionalizado estadounidense, 53 años más tarde, merecía un recuerdo mayor pero sabemos bien cómo nos las gastamos en estos lares con sus personajes de renombre universal. Deseo aquí recordar los vínculos de Cajal con Alicante que fueron intensos y poco conocidos por el gran público.
Ya científico consagrado, eran muy comunes sus visitas a la capital lucentina donde encontraba una excelente clima y el sosiego que le ofrecía la ciudad para llevar adelante sus escritos, ya científicos o literarios. Resultaba común verlo deambular por la Explanada, donde estaba su hotel, junto a una de sus hijas, que lo acompañaba, así como por un rincón que le agradaba sobremanera, el Paseíto de Ramiro, entre cuya arboleda contemplaba el mar.
Su lugar más habitual de tertulia era la sede de la Asociación de la Prensa, donde pasaba horas charlando con los representantes del periodismo alicantino. Un día dejó allí escritas unas líneas manuscritas sobre la climatología que se conservan en la actualidad y decían textualmente: «El clima de Alicante es verdaderamente ideal. Las medias de temperatura, singularmente en los meses invernales, indican que el frío es casi desconocido. La humedad es exigua, circunstancia favorable a los reumáticos y cuantos padecen enfermedades del aparato respiratorio. Para los nerviosos, arterioescleróticos y agotados por el trabajo intelectual, constituye Alicante una estación de primer orden extraordinariamente sedante y sin posible comparación con otras ciudades de la costa mediterránea».
Cuando se jubiló en 1922 de su cátedra universitaria en Madrid, la ciencia española le rindió el correspondiente homenaje. El Ayuntamiento de Alicante, a instancias del segundo teniente de alcalde José Sánchez Santana, aprobaría en sesión de 28 de abril, tres días antes de que cumpliera los 70 años, rotular con su nombre la avenida prolongación del entonces llamado Paseo de los Mártires, donde había dos edificios emblemáticos, la Casa Alberola y la Delegación de Hacienda, luego Escuela de Comercio, antigua casa palacio de Manuel Gómiz.
Enterado Cajal, remitió al día siguiente, de su puño y letra, una carta dirigida al alcalde Pedro Llorca Pérez en los siguientes términos: «Mi ilustre amigo: Agradezco cordialmente las frases afectuosas que me dirige en su telegrama así como su adhesión al homenage (sic) rendido a un modesto cultivador de la ciencia. Ofrezca V. mis respetos y la expresión de mi reconocimiento a todos sus compañeros de Consistorio y reciba V. un efusivo saludo de su amigo y servidor S. Ramón y Cajal».
El 7 de agosto se descubriría la placa con su nombre en acto brillante amernizado por la Banda Municipal que contó con la presencia de la Corporación en pleno así como de las primeras autoridades civiles y militares junto a una nutrida representación médica de entre la que destacaba el doctor López Campello que pronunció el discurso laudatorio de rigor.
Ramón y Cajal tenía en Alicante su preferida estación invernal y, según constaté en su momento por algunos convecinos, tras morir su esposa Silveria Fañanás en 1930, con la que estuvo casado 51 años y le diera siete hijos, se alojó junto a una de sus hijas, con toda probabilidad en 1932, ya delicado de salud, en el primer piso del número seis de la calle Federico Clemente, hoy Teniente Robles, esquina con el paseo del Doctor Gadea, propiedad de Elisa y Juana Guillén Pedemonti, estancia toda exterior, muy soleada y con un espléndido mirador en el chaflán.
En su mesa de despacho, donde nunca faltaban tebeos a los que era muy aficionado, escribiría buena parte de El mundo visto a los ochenta años que publicará en 1934, meses antes de su muerte, y el segundo tomo inédito de sus Chácharas -o charlas- de café. A diario, marchaba por la avenida de su nombre hasta la Explanada, tocado con sombrero que descubría al paso de las personas que lo saludaban, y seguro que miraría con satisfacción la placa frente al monumento erigido a su también admirado Canalejas.
El miércoles 17 de octubre de aquel 1934 fallece en Madrid, rodeado de sus jóvenes discípulos, como había pedido. Y Gregorio Marañón escribe: «¡Qué consuelo si su muerte tuviera la virtud de infundir esta heroica medicina en el alma borrascosa de los españoles de hoy». Baste recordar que en Asturias la revolución auspiciada por los grupos extremistas de izquierda para implantar un régimen socialista por la fuerza, bañaba de sangre las urbes del Principado en aquellas fechas.
Justo quince días después del óbito, el 31 de octubre, Alicante homenajea a Cajal por iniciativa de la Escuela Normal de Magisterio que dirigía el profesor Manuel Sala Pérez, adhiriéndose también la Escuela de Comercio, la del Trabajo y el Instituto de Bachillerato.
El Luchador, en su número del 6 de noviembre proponía que el mundo periodístico alicantino recordara igualmente con devoción a Ramón y Cajal por sus estrechos vínculos con la Asociación de la Prensa. En verdad, la sapiencia, fortaleza, bondad y sencillez de Cajal merecían, y merecen, que cualquier excusa sea buena para rendirle un tributo de admiración y respeto.